"La conciencia, esa gran desconocida y, paradójicamente, tan presente en nosotros como ausente en el mundo"
(Amador Martos)

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¿Deben los filósofos estar necesariamente en otro nivel de intelectualidad?

¿DEBEN LOS FILÓSOFOS ESTAR NECESARIAMENTE EN OTRO NIVEL DE INTELECTUALIDAD?

Este artículo está escrito en respuesta al amigo Antonio Salguero, quién ha planteado la cuestión del título en respuesta a mi artículo CLASIFICANDO CONCEPTOS

La cuestión planteada en el título denota una equidistancia entre la ignorancia y la sabiduría, y entre esos dos baremos absolutos (negativo y positivo, respectivamente), están situadas todas las personas, ya sean poseedoras de creencias y costumbres sin atisbo de racionalidad por la parte baja, como por la parte alta las personas que buscan afanosamente hallar respuestas a cualquier pregunta de tipo existencial, intelectual pero también metafísico. Como certeramente aseveró Descartes: “No hay nada repartido de modo más equitativo en el mundo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente”. ¿Entonces quien debería poner orden en el caos intelectual que domina en el mundo? Quizá debamos volver a Platón cuando dijo aquello de que: “los gobernantes debieran ser filósofos o los filósofos gobernantes”. Ahora bien, ¿si nos quitan la filosofía de los colegios, qué ideología sigue imponiéndose? Efectivamente el eufemístico “pensamiento único” neoliberal que asfixia a la humanidad en ausencia de derechos naturales y libertad en detrimento de una minoría plutocrática. Como nos demuestra la historia, muchos grandes sabios y filósofos que han pensado más allá de la ideología dominante de su época han sido ignorados, relegando su sabiduría al reconocimiento post-mortem. El problema no lo tiene la exigua minoría de personas que buscan la sabiduría, sino las que no la buscan. Las personas que quieran captar la sabiduría mediante la razón están tan solo expresando conceptos simbólicos para expresar aquello que profundamente creen o saben. La conciencia bifurca en este punto entre el conocimiento “objetivo” (dualidad entre sujeto y objeto, la epistemología que ha dominado al pensamiento Occidental) , y el conocimiento interior o “subjetivo” como camino interpretativo de la realidad por conocer. Es como si hubiera, y hay, dos realidades por conocer: el mundo exterior y el mundo interior. Desde una perspectiva de la historia del pensamiento, el primer mundo es la historia del pensamiento occidental, y del segundo mundo son más representativas las filosofía orientales.

Por tanto, esos dos mundos presentan “dos tipos de verdades”: el camino epistemológico (materialismo científico) y el camino hermenéutico (interpretación de la profundidad interior) . Este punto ha sido excelsamente desarrollado en la filosofía de Ken Wilber a través de sus “cuatro cuadrantes”. En este punto, también cabe recordar que ese mundo exterior es maya (ilusión) como acreditan las neurociencias dando la razón así al denostado movimiento más conocido como “misticismo cuántico”. La mecánica cuántica ha abierto una brecha epistemológica en el materialismo científico sustentado en el dualismo, y ha dado vía libre al crecimiento de la espiritualidad en los términos del imperativo categórico kantiano. Esa tendencia pensativa denota un giro copernicano en la conciencia, no solo la colectiva, sino eminentemente en la subjetiva, pues solo puedo haber verdad en la profunda interpretación que cada cual tiene de su lugar en el universo y la vida. Y a la postre, esta verdad subjetiva (perteneciente al cuadrante del “yo” según Wilber), debe imperativamente conectar con la intersubjetividad colectiva o noosfera (cuadrante del “nosotros” según Wilber). Y aquí se halla situada la actual gran crisis de la humanidad: no es una crisis económica, social y política, que también, sino una crisis de conciencia de la humanidad. ¿Quién debe estudiar la historia para interpretar correctamente el presente y orientar certeramente el futuro? A esta tarea pensativa se han dedicado tradicionalmente los filósofos, y hoy más que nunca tienen mucho que decir, como por ejemplo, a través de este II Congreso internacional de la Red de Filosofía Española que pone a debate “Las fronteras de la humanidad”.

Mientras que no haya un consenso en el nivel intelectual de intersubjetividad colectiva, no habrá una cosmovisión unitaria del sentido de la vida. Como denuncia Wilber, el problema de la humanidad no es la capa de ozono, ni la diferencia entre ricos y pobres, ni el deterioro de la biosfera, sino que el mayor problema es el abismo de conciencia, un abismo de cultura, una brecha epistemológica entre la epistemología de lo conmensurable y la hermenéutica de lo inconmensurable, entre la razón y el espíritu, entre el “yo” y el “nosotros”. Para que se produzca la integración entre la conciencia, la cultura y la naturaleza cada cual debe emprender el camino ascendente hacia la sabiduría: trascender el ego hasta conectar con el espíritu colectivo. Un reto nada fácil pues nadie puede decidir un cambio interior excepto uno mismo tal como aseveró Nietzsche: "Nadie puede construirse el puente sobre el cual hayas de pasar el río de la vida; nadie, a no ser tú". La verdad, en cierto modo, no puede ser impuesta sino debe ser descubierta, en el mismo sentido que lo expresara el inconmensurable Sócrates: “Aquel que quiera cambiar el mundo debe empezar por cambiarse a sí mismo”.

La humanidad tiene ante sí el reto de un consenso colectivo para salir de la sociedad de la ignorancia mediante una correcta cosmovisión que permita un futuro espiritual. Mientras que la conciencia colectiva está sometida en dicho cometido al vaivén de la dialéctica histórica, cada uno de nosotros puede, y debería, no descuidar el crecimiento interior pues, como hemos argumentado anteriormente, es una condición sin qua non.

Pero todo lo argumentado hasta aquí son solo conceptos de un simple filósofo. Cada cual debe averiguar si lo argumentado es cierto o no, pues cada cual tiene sus propias convicciones y creencias.
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El pensador

CLASIFICANDO CONCEPTOS

Regresaba esta tarde de una tertulia entre queridos amigos, quienes habíamos debatido fraternalmente sobre cuestiones metafísicas y del sentido de la vida, cuando en ese deambular de vuelta a casa, me surgió la reflexión de cuál era el verdadero sentido del oficio de ser filósofo. Era una introspección en un intento de analizar las aportaciones de cada uno de nosotros en tan amigable charla. Tras un buen rato de tertulia, los tres que ocupábamos la mesa lleguemos a la misma conclusión: las relaciones humanas están forjadas y apuntaladas por la creencias de cada cual. Y cada persona tiene muchas, o ¿acaso pensamos que somos poseedores de tanta sabiduría? No, hasta el más humilde de los sabios, por coherencia con su propia sabiduría, nunca reconocerá públicamente cuánto sabe, fundamentalmente parafraseando a Einstein, porque “Cada día sabemos y entendemos menos”.

Es evidente que cada cual actúa según piensa y siente, dicho de otro modo, las motivaciones emocionales junto a la presumible razón de cada cual son las dos piernas de nuestro deambular por el mundo. En este sentido, es posible aseverar que cada persona tiene una “visión del mundo”, cada cual la suya en función de las propias creencias arraigadas en lo más profundo de nuestro subconsciente. De hecho, según experimentos procedentes de las neurociencias a través del neurólogo BenjaminLibet , se ha demostrado que el subconsciente nos da la orden y luego actuamos como si nosotros fuéramos conscientes: creemos actuar en libertad y con conocimiento de causa pero ello no es así pues no hay “conciencia de sí” ni “autoconsciencia”. El subconsciente nos lleva ventaja desde unas decimas de segundo hasta varios segundos. Dicho de otro modo somos seres condicionados por nuestra cultura familiar, social, política, educativa y, sobre todo, costumbres, que nos alienan para mantener una cosmovisión más o menos coherente y presumiblemente darle un sentido a la vida, una cuestión que obliga a la reflexión interna ya sea consciente o inconscientemente. Los “conscientes” son aquellas personas que saben que el saber es el baluarte para actuar con conocimiento de causa y por eso los denomino “filósofos activos”; aquellas personas que actúan irreflexivamente desde el subconsciente sin la pertinente "conciencia de sí" no actúan con conocimiento de causa sino, más bien, su aprendizaje es logrado mediante los sucesivos tropiezos a través de la experiencia y, por ello, los denomino “filósofos pasivos” tal como son definidos en mi primera obra.

La diferencia entre el filósofo activo y el filósofo pasivo radica imperativamente en la actitud que cada cual tiene hacia el acopio de conocimiento. En efecto, sólo el saber nos hará libres, saber o no saber esa es la cuestión. Por tanto, para retomar el tema que nos trae a la reflexión de este artículo, solo el conocimiento puede mitigar las deficiencias de la ignorancia que subyace en muchas de las creencias y costumbres de los pueblos, por no decir en las instituciones públicas como las económicas, políticas y demás cuestiones de Estado. En la ágora política no se desarrolla el verdadero interés por el bien común, a la vista está cómo un pueblo ha puesto nuevamente a gobernar a gánsters de cuello blanco disfrazados de gaviotas: qué agravio comparativo a la libertad y a la fauna animal! Los asuntos públicos como la justicia, la educación y la regulación de nuestras vidas mediante el economicismo neoliberal van a quedar otra vez en manos del ego plutocrático; un verdadero y nuevo azote para todas aquellas personas que bebieron del 15M como un espíritu de renovación pero que fue adulterado y cooptado por el autócrata Pablo Iglesias, sí, aquél que prometía horizontalidad en los círculos pero que ha “verticalizado” . El incipiente cambio de conciencia que vislumbraba un posible cambio social se ha quedado en aguas de borrajas, pues el sistema sigue teniendo el control sobre las decisiones de los ciudadanos a través de una política bipartidista (PP-Ciudadanos versus PSOE-Podemos) mediante una estrategia de ingeniería social y mental.

Toda esta disertación viene a cuento para transmitir mi “visión del mundo” sobre los aspectos existenciales de nuestro inmediato futuro, es decir, cuatro años más de gobierno conservador equivaldrá a más recortes en los derechos naturales del ser humano –como la legitimidad de disponer de la energía solar, por ejemplo- pero también en los civiles (ley mordaza), educativos (recortes) para desembocar finalmente en la galopante pobreza que azota ya a todas las clases -altas-medias y bajas-, pues el mundo está asentado sobre una gigantesca bomba de relojería con motivo de la burbuja de deuda.

Entonces, después de tal cavilación sobre tanta complejidad de conceptos interrelacionados social e históricamente, ¿quién va a poner orden entre tanto caos? No esperemos que las respuestas vayan a venir de fuera sino, precisamente, desde la reflexión interna, profundizando en los recovecos de nuestra mente, buscando si fuera menester la sabiduría para orientar más certeramente nuestras acciones en el mundo con libertad y con conocimiento de causa. Solo así, poniendo orden en nuestras propias creencias, ordenando nuestros conceptos, es posible llegar a la conclusión consensuada postulada al inicio de este artículo entre tres amigos: “que las relaciones humanas están forjadas y apuntaladas por la creencias de cada cual”.

Clasificar y ordenar conceptos, esa es la misión del filósofo exotérico, del tradicional academicismo. Pero la verdad no proviene de la epistemología edificada sobre el tradicional dualismo que ha permeado la sociedad occidental. La verdad solo puede provenir de la unión entre la sabiduría y la compasión, y ello es un camino interior que solo puede ser descubierto mediante la profunda introspección (y meditación) de nuestra experiencia interior. Las profundas experiencias interiores se desarrollan en la conciencia misma, en el sujeto de conocimiento que se cuestiona a sí mismo y busca respuesta sobre el sentido de su vida. Tal es el camino de la filosofía esotérica, que solo busca paz y unidad, sabiduría y compasión. Esa profundidad sapiencial requiere interpretación y es un campo hermenéutico en términos filosóficos.

La epistemología occidental asentada sobre el materialismo científico como único modo de saber ha fracasado miserablemente al haber invadido los dominios del “yo” (la profundidad psicológica de cada cual) y los dominios del “nosotros” (la sabiduría popular que permita un acuerdo intersubjetivo sobre los designios de la humanidad). La epistemología de lo conmensurable hace aguas cuando se trata de interpretar la profundidad del “yo” y del “nosotros” , pues la hermenéutica de lo inconmensurable tiene su propia ciencia, la ciencia de la conciencia, una filosofía transpersonal que intenta aunar razón y espíritu, epistemología y hermenéutica. Y ello solo se puede hacer en el laboratorio de la conciencia, iniciando ese camino interior del mismo modo que nos legó el inconmensurable Sócrates: “Aquel que quiera cambiar el mundo debe empezar por cambiarse a sí mismo”. Y el camino por antonomasia para ello es la meditación.

Tal es la reflexión que he mantenido conmigo mismo mientras paseaba y volvía a casa. No sé si alguien coincidirá conmigo, al fin y al cabo, cada cual tiene sus propias convicciones y, por tanto, sus propias creencias.
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LA CONCIENCIA COMO PROBLEMA HISTÓRICO

LA CONCIENCIA COMO PROBLEMA HISTÓRICO

Este artículo está reproducido en el capítulo 6 de la segunda parte de la obra FILOSOFÍA TRANSPERSONAL Y EDUCACIÓN TRANSRACIONAL.

Este artículo también ha servido de inspiración para este artículo científico.

"La conciencia, esa gran desconocida y, paradójicamente, tan presente en nosotros como ausente en el mundo" (Amador Martos, filósofo transpersonal).



1 - EL CONTEXTO FILOSÓFICO Y CIENTÍFICO

Toda la historia de la filosofía occidental está transitada por la inquietud de encontrar la solución al problema del conocimiento e intentar dar una explicación coherente de la conciencia, y se ha caracterizado por la constante universal de abordar el problema del hombre desde el dualismo: materia y espíritu, cuerpo y alma, cerebro y mente. En la modernidad, Kant mediante sus Tres Críticas (1) produjo la diferenciación de las tres grandes categorías platónicas: la Bondad (la moral, el “nosotros”), la Verdad (la verdad objetiva propia del “ello”) y la Belleza (la dimensión estética percibida por cada “yo”). La mala noticia, por lo contrario, es que la postmodernidad no ha logrado la integración respectivamente de la cultura, la naturaleza y la conciencia.

Wilber (2005a) hace especial hincapié en marcar la frontera que separa la visión moderna del conocimiento de la visión postmoderna, pues ambas visiones han supuesto una extraordinaria revolución en el conocimiento humano. El paradigma fundamental de la Ilustración es conocido como paradigma de representación, según el cual, por una parte está el yo o sujeto y, por la otra, el mundo sensorial o empírico, y según el cual el único conocimiento válido consiste en trazar mapas del mundo empírico, dejando de lado al cartógrafo. Por el contrario, todos los grandes teóricos “postomodernos” – Kant, Hegel, Shopenhauer, Nietzsche, Dilthey, Heidegger, Foucault y Derrida-, han rechazado al paradigma cartográfico porque ni siquiera tiene en cuenta al yo que está cartografiando el mapa. El gran descubrimiento postmoderno ha sido que ni el yo ni el mundo son simples datos sino que existen en contextos y sustratos que tienen una historia, un desarrollo. El sujeto, por lo contrario, está ubicado en contextos y corrientes de su propio desarrollo, de su propia historia, de su propia evolución, y las “imágenes” que tiene del “mundo” dependen, en gran medida, no tanto “del mundo” como de “su propia historia”. Y Wilber se propone trazar la historia de estas visiones del mundo, la historia de la evolución en el dominio humano, la historia de las diversas formas en la que ha ido desplegándose el Espíritu-en-acción a través de la mente humana porque, el gran descubrimiento postmoderno, es que las visiones del mundo están en desarrollo, que ni el mundo ni el yo están predeterminados, lo cual apertura dos caminos a la postmodernidad:

-El constructivismo extremo, es decir, dado que las visiones del mundo no están predeterminadas, usted puede concluir diciendo que son arbitrarias, que simplemente han sido “construidas” por las distintas culturas basándose en algo tan substancial como los simples cambios de gusto. Así, todo está “socialmente construido”, las distintas visiones culturales del mundo devienen arbitrariamente en “ismos” como sexismo, racismo, especismo, falocentrismo, capitalismo, logocentrismo, etcétera. El constructivismo radical afirma que no hay verdad alguna en el Kosmos (2), solo conceptos que unos hombres imponen sobre otros, lo cual es una forma postmoderna de nihilismo que lleva a ignorar la verdad y a reemplazarla por el ego del teórico.

-Por otro lado, tenemos un constructivismo más moderado y cuya versión hoy en día es evolutiva, en las numerosas y muy variadas formas según diversos autores: Hegel, Marx, Nietzsche, Heidegger, Gebser, Piaget, Bellah, Foucault, Habermas, etcétera. Este enfoque reconoce que el mundo y la visión del mundo no están completamente predeterminados sino que se desarrollan históricamente. De este modo, su interés se centra simplemente en investigar la historia real y el desarrollo de estas visiones del mundo como una pauta evolutiva gobernada por las corrientes de la misma evolución. Según Wilber, dicha evolución está gobernada por los veinte principios (3) .

La visión racional-industrial del mundo sostenida por la Ilustración cumplió con funciones muy importantes como la aparición de la democracia, la abolición de la esclavitud, el surgimiento del feminismo liberal, la emergencia de la ecología y las ciencias sistémicas, entre algunas más, pero sin duda, la más importante puesta en escena fue la diferenciación entre el arte (yo), la ciencia (ello) y la moral (nosotros), el Gran Tres diferenciado por Kant a través de sus Tres críticas. Wilber asevera que, para trascender la “modernidad” hacia la “postmodernidad”, hay que trascender e incluir al racionalismo y la industrialización, lo cual implica abrirnos a modalidades de conciencia que trasciendan la mera razón y participar en estructuras tecnológicas y económicas que vayan más allá de la industrialización. El racionalismo y la industrialización han terminado convirtiéndose en cánceres del cuerpo político, crecimientos desmedidos de consecuencias malignas, derivando ello en jerarquías de dominio. Por tanto, cualquier transformación futura deberá trascender e incluir a la modernidad incorporando sus elementos compositivos fundamentales, pero también limitando su poder. En ese punto crucial de la evolución de las “visiones del mundo”, Wilber propone su teoría de los cuatro cuadrantes (4), entre los cuales se halla situado el Gran Tres diferenciado por Kant mediante sus Tres críticas: el arte (yo), la ciencia (ello) y la moral (nosotros). Dicho de otro modo, estamos hablando de las tres grandes categorías platónicas, de la Bondad (la moral, el “nosotros”), la Verdad (la verdad proposicional, la verdad objetiva propia del “ello”) y la Belleza (la dimensión estética percibida por cada “yo”).

La buena noticia es que la modernidad ha aprendido a diferenciar el Gran Tres, pero la mala noticia, por lo contrario, que todavía no ha aprendido a integrarlo. Así fue como el Gran Tres terminó reducido al Gran Uno del materialismo científico (5) de las exterioridades, los objetos y los sistemas científicos. El Gran Tres colapsó en el chato Gran Uno. Puesto que la investigación empírica y monológuica es muchísimo más sencilla que la compleja interpretación hermenéutica intersubjetiva y la compresión empática recíproca, tuvo cierto sentido comenzar restringiendo el conocimiento al dominio empírico. Eso fue lo que hizo el paradigma fundamental de la Ilustración porque, para el ego racional, la búsqueda del conocimiento consistió en cartografiar o reflejar el mundo en el lenguaje del “ello” o Gran Uno. La tarea de la modernidad fue la diferenciación del Gran Tres y la misión de la postmodernidad es la de llegar a integrarlos. El gran reto al que se enfrenta la postmodernidad es la integración, es decir, formas de integrar la mente, la cultura y la naturaleza, formas de respetar al Espíritu en los cuatro cuadrantes, formas de reconocer los cuatro rostros del Espíritu -o simplemente Gran Tres- para honrar por igual a la Bondad, la Verdad y la Belleza.

Mientras que la ciencia tradicional se mantiene en su visión materialista, cada vez crece un mayor número de científicos que apoyan y desarrollan un nuevo paradigma basado en la supremacía de la conciencia. Estamos en los albores en dejar de considerar a la mente humana como puramente biológica (Lipton, 2007) sino abierta a otras interpretaciones con connotaciones cuánticas (Garnier, 2012), es decir con conexión al universo entero. Del mismo modo, Joe Dispenza (2012), a través de la física cuántica, la neurociencia, la biología o la genética, pretende enseñar cómo dar el salto cuántico que requiere romper con los límites de la realidad objetiva. Dicho activismo cuántico es reconducido pedagógicamente en La educación cuántica (Martos, 2015a).

Así fue como en los años setenta del siglo pasado, el doctor en física teórica Fritjof Capra (2000) explora los paralelismos entre la física cuántica y los principios del aprendizaje místico oriental. Son cada vez más los científicos que se alinean con dicha visión que aúna la ciencia con la espiritualidad, como es el caso de Amit Goswami (2011), uno de los pensadores pioneros en ciencia y espiritualidad y que aboga por un activismo cuántico que nos lleve a una vida equilibrada y a una visión integral.

2 - EL MISTICISMO CONTEMPLATIVO

¿Qué grandes cambios están pasando desapercibidos por el materialismo científico? El más importante de dichos cambios es un giro copernicano en la mirada. La diferencia central entre la ciencia positivista y la fenomenología radica en que, en la ciencia, el camino a la verdad se podría sintetizar en la frase “ver para creer” refiriéndose, evidentemente, a la comprobación indispensable del método científico. Mientras que, en la fenomenología, podríamos representarla en el enunciado inverso: “creer para ver”, en el otro modo de saber, el místico, en el sentido como ya lo definiera Platón: “La filosofía es un silencioso diálogo del alma consigo misma entorno al Ser”. Una cuestión esta del saber que ha sido demostrada epistemológicamente por Ken Wilber en su obra El espectro de la conciencia, al aseverar que hay dos modos de saber: el conocimiento simbólico (dualidad sujeto-objeto) y el misticismo contemplativo (no dualidad entre sujeto-objeto), dos modos de saber diferentes pero complementarios. Según Wilber (2005b):

“Esos dos modos de conocer son universales, es decir, han sido reconocidos de una forma u otra en diversos momentos y lugares a lo largo de la historia de la humanidad, desde el taoísmo hasta William James, desde el Vedanta hasta Alfred North Whitehead y desde el Zen hasta la teología cristiana. (…) También con toda claridad en el en el hinduismo” .

Desde Kant hasta Wilber, hay una brecha epistemológica entre dos modos de saber así como un desterramiento de la hermenéutica filosófica como más que probable camino para entender este complejo mundo. Que la realidad tiene un orden subyacente que debe ser interpretado, no es una elucubración mía como se aprestarían a rebatir subrepticiamente los escépticos materialistas científicos, sino que muchos científicos proponen introducir al Espíritu en la ecuación del conocimiento (6) . Como propone el premio Nobel de física Wolfgang Pauli (7) , en el cosmos existe un orden distinto del mundo de las apariencias, y que escapa a nuestra capacidad de elección. Por tanto, es imperativo emprender un viaje hacia la comprensión no solo del mundo exterior sino, eminentemente, de nuestro mundo interior, es decir, emprender un viaje hermenéutico. El término “hermenéutica” significa “interpretar”, “esclarecer” y “traducir”, es decir, cuando alguna cosa se vuelve comprensible o lleva a la comprensión.

Es de sumo interés haber comprendido la visión de la historia del pensamiento expuesta por Wilber, pues desvela un problema tanto epistemológico (teoría del conocimiento que se ocupa de problemas tales como las circunstancias históricas, psicológicas y sociológicas que llevan a la obtención del conocimiento) así como un problema hermenéutico (interpretación). En efecto, la comprensión del significado cultural, es una cuestión interpretativa. Eso es lo que hacen precisamente las ciencias culturales hermenéuticas, de cuyos representantes más destacados son Wilhem Dilthey, Max Weber, Martin Heidegger, Han-Georg Gadamer, Paul Ricoeur, Clifford Geertz, Mary Douglas, Karl-Otto Apel, Charles Taylor y Thomas Kuhn. La epistemología y la hermenéutica, como disciplinas filosóficas, se hallan diferenciadas pero sin embargo no integradas, y dicha propuesta de integración será el objeto propio en la postrimería de este ensayo al proponer una epistemología hermenéutica.

3 - EL DESPERTAR ESPIRITUAL: LA CONCIENCIA TRANSPERSONAL

Con la emergencia de la mente a partir de la modernidad, el Espíritu comienza a tomar conciencia de sí mismo, lo cual, entre otras cosas, introduce en el mundo la conciencia moral, una moral, por cierto, completamente ajena al mundo de la naturaleza. Por tanto, el Espíritu está comenzando a despertar a sí mismo, conocerse a sí mismo a través de los símbolos, los conceptos, dando así origen al mundo de la razón y, en particular, al mundo de las morales conscientes. Así, pues, la naturaleza es Espíritu objetivo, mientras que la mente es Espíritu subjetivo. En ese momento histórico –en el momento en que la mente y la naturaleza se diferenciaron-, el mundo parece escindirse en dos, la mente reflexiva y la naturaleza reflejada, pero la modernidad se hallaba temporalmente estancada en la batalla entre la mente y la naturaleza, entre el ego y el eco. En opinión de Shelling, esta síntesis no dual como identidad entre el sujeto y el objeto en un acto atemporal de autoconocimiento, es una intuición mística directa. Para Shelling, y también para su amigo y discípulo Hegel, el Espíritu se enajena de sí mismo para dar lugar a la naturaleza objetiva, despierta a sí mismo en la mente subjetiva y termina retornando así en la pura conciencia inmediata no dual en la que sujeto y objeto son uno, y la naturaleza y la mente se funden en la actualización del Espíritu. El Espíritu se conoce a sí mismo objetivamente como naturaleza, se conoce subjetivamente como mente y se conoce absolutamente como Espíritu. Esos tres momentos también son conocidos como subconsciente, consciente y supraconsciente, o dicho de otro modo, prepersonal, personal y transpersonal; o preracional, racional y transracional; o biosfera, noosfera y teosfera (Wilber, 2005a).

Todo ello, traducido en términos evolutivos y psicológicos (Laszlo, 2004), equivale a decir que El gen egoísta (Dawkins, 2002) puede ser trascendido conscientemente Más allá del ego (Vaughan y Walsh,2000), dicho de otro modo, el egoísmo puede ser trascendido hacia la compasión y, respectivamente, la conciencia personal hacia la conciencia transpersonal (8). Así, desde dicha perspectiva, la afirmación de Dawkins (2002: 3), de que “el amor universal y el bienestar de las especies consideradas en su conjunto son conceptos que, simplemente carecen de sentido en cuanto a la evolución” es un simple reduccionismo desde el materialismo científico, obnibulado por una prepotencia racional en cuanto causa explicativa al obviar que el Kosmos (10) es autotrascendente y regido por los veinte principios (3). Dicho de otro modo, La evolución del amor (Hüther, 2015) ya es contemplada desde la neurobiología y la sociobiología como un fenómeno de la evolución humana pues, más allá del valor de los genes egoístas o la supervivencia del más fuerte, interviene la capacidad de elección de pareja por motivos distintos a la simple atracción física o el instinto reproductor. Para Hüther, a pesar del surgimiento de la razón y del pensamiento crítico, el sentimiento del amor sigue siendo importante por su influencia en el futuro de la especie humana pues es la fuente de nuestra creatividad y la base de nuestra existencia y nuestros logros culturales y, más decisiorio aún, nuestra única perspectiva de supervivencia en este planeta. En definitiva, la única fuerza que puede vencer a la competencia autodestructiva es el amor mediante el compromiso de equipo y la creatividad participativa.

4 - ¿HACIA DÓNDE EVOLUCIONA LA HUMANIDAD?

Como se ha explicado anteriormente, la modernidad diferenció el “yo” (arte), el “nosotros” (moralidad) y el “ello” (ciencia), que la postmodernidad no ha podido o sabido integrar. Como solución, Wilber propone una filosofía hermenéutica que permita interpretar la profundidad interior o genuina espiritualidad. Ahora bien, ¿cómo integrar la filosofía con la espiritualidad? ¿Qué cambios serán necesarios tanto exterior como interiormente, tanto individual como colectivamente? Tales cuestiones desarrolladas por Wilber en sus cuatro cuadrantes, subyacen en los pensamientos que he desplegado a través de mis diversas obras. Mis tres primeros ensayos, Pensar en ser rico (Martos, 2008), Pensar en ser libre (Martos, 2010) y Capitalismo y conciencia (Martos, 2012a) tuvieron como corolario mi primer artículo científico, cuya tesis es que la humanidad se halla ante un segundo renacimiento humanístico (Martos, 2012b). Este es el resumen:

“La conciencia histórica individual surgida del primer renacimiento humanístico de los siglos XV y XVI, ha devenido en este siglo XXI en un depredador neoliberalismo. Esta última versión del capitalismo, siguiendo las tesis de Marx, está socavando su propio final pues está acabando con el valor del trabajo humano y con los recursos naturales generando, consecuentemente, una profunda crisis humanitaria y ecológica. La filosofía tradicional mediante Kant, produjo la diferenciación del “yo”, el “nosotros” y la naturaleza (“ello”) a través de sus Tres Críticas. La imperiosa integración que los postmodernos llevan buscando sin éxito, puede ser posible mediante la trascendencia de la conciencia personal (ego) hacia una conciencia transpersonal (transcendencia del ego).Esta emergencia holística y epistemológica propugnada por la filosofía transpersonal y la psicología transpersonal, al aunar la racionalidad con la espiritualidad, invoca hacia un segundo renacimiento humanístico, ahora como conciencia colectiva, socialmente reflejado en el altermundismo”.

Huelga decir que el pensamiento de Wilber subyace en la citada erudición que, como conclusión final, pretende precisamente hacer evidente la imperiosa necesidad de la filosofía transpersonal desarrollada por este inconmensurable pensador: trascender la racionalidad Occidental hacia la espiritualidad. La filosofía transpersonal es una disciplina que estudia la espiritualidad y su relación con la ciencia así como los estudios de la conciencia. El filósofo Ken Wilber es un emblemático representante del movimiento transpersonal que surge del encuentro entre la psicología occidental (en particular de las escuelas psicoanalíticas, junguiana, humanista y existencial) y las tradiciones contemplativas de Oriente (en especial el budismo zen, el taoísmo y el hinduismo).

Posteriormente a dicho artículo científico, vieron la luz dos ensayos más, La educación cuántica (9)(Martos, 2015a) y Podemos. Crónica de un renacimiento (Martos, 2015b), que a su vez tuvieron como corolario otro artículo científico, a saber, El mándala epistemológico y los nuevos paradigmas de la humanidad (2015c), y cuyo resumen es el siguiente:

“La historia del pensamiento, devenida dogmáticamente en una filosofía materialista y en un reduccionismo psicológico, aboca a una crisis epistemológica entre ciencia y espiritualidad desde que la física cuántica irrumpió en el tablero cognitivo. Las diferentes interpretaciones de la mecánica cuántica que aúnan la ciencia y la espiritualidad mediante la recuperación de la filosofía perenne, introducen la primera fisura en la “rígida estructura” del dualismo científico entre sujeto y objeto que ha impregnado a la civilización occidental. Así, la filosofía perenne sumada al movimiento transpersonal como “cuarta fuerza” psicológica, es un nuevo paradigma de conocimiento que puede ser aprehendido mediante un mándala epistemológico, el cual posibilita una interpretación hermenéutica de la historia, la ciencia y la espiritualidad pero, eminentemente, desde un revisionismo de la psicología cognitiva y educativa. Tantos cambios de paradigmas contribuyen a la trascendencia holística de la razón hacia el espíritu a modo de un segundo renacimiento humanístico”.

Desde una perspectiva de la historia del pensamiento, dicho artículo científico pretende desgranar las secuencias cognitivas a modo de paradigmas que operan y se retroalimentan con interdependencia entre seis áreas del conocimiento: la filosofía, la psicología, la sociología, la ciencia, la educación y la espiritualidad. Este artículo científico postula una integración entre la epistemología y la hermenéutica (Flores-Galindo, 2009), permitiendo justificar lo conmensurable y entender lo inconmensurable. Esos dos modos de saber posibilitan vislumbrar una conexión de la filosofía con la espiritualidad.

Concluyendo, dicha panorámica histórico-evolutiva de la humanidad permite al lector comprender la importancia del pensamiento de Wilber, no solo en la interpretación de la historia del pensamiento occidental, sino también como revulsivo de mi propio constructo filosófico a través de mis diversas publicaciones que, en definitiva, propone trascender un viejo mundo (Monserrat et al., 2013) y sus paradigmas trasnochados, hacia un nuevo mundo (Monserrat, 2005) que apunta a nuevos paradigmas por descubrir para todo sincero buscador de sabiduría, o dicho en término positivo, emprender un camino ascendente hacia la sabiduría. Así, con la constatación heideggeriana de que “todo comprender es comprenderse”, cabe destacar el papel positivo de la subjetividad en la hermenéutica, lo cual implica distinguir la subjetividad metafísica de lo que sería el ser humano individual, al que no se opone la hermenéutica (González y Trías, 2003:26-27). La metafísica, aunque problemática, es inevitable: el ser “humano” (cualquier ser con determinado grado de consciencia) es un ser metafísico, y la desaparición de la metafísica solo es posible con la desaparición del humano (o vivos semejantes de otros planetas). Una de las características del siglo XX ha sido la crítica sin contemplaciones a este tipo de filosofía eterna y sistemática que asociamos al término metafísica. Y, sin embargo, nada más actual que las cuestiones metafísicas. No hay manera de evitar que una y otra vez vuelva ese tipo de preguntas primeras sobre Dios, el hombre o el mundo, que quieren saber qué es lo que podemos conocer, qué es lo que debemos hacer o qué es lo que nos cabe esperar (Negrete, 2015).


BIBLIOGRAFÍA

Capra, Fritjof . El tao de la física. Málaga: Sirio, 2000

Dawkins, Richard. El gen egoísta. Barcelona: Salvat Editores, 2002.

Dispenza, Joe. Deja de ser tú. Barcelona : Urano, 2012.

Flores-Galindo, M. (2009). “Epistemología y Hermenéutica: Entre lo conmensurable y lo inconmensurable”. En: Cinta Moebio, Nº 36, 198-211. Facultad de Ciencias Sociales, Chile.

Garnier, Jean-Pierre. Cambia tu futuro por las aperturas temporales. España : Reconocerse, 2012.

González, J. y Trías, E. Cuestiones metafísicas. Madrid: Editorial Trotta, 2003.

Goswami, Amit. Ciencia y espiritualidad: una integración cuántica. Barcelona: Kairós, 2011

Hüther, Gerald. La evolución del amor. Barcelona: Plataforma, 2015.

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Lipton, Bruce. La biología de la creencia. Madrid : Palmyra, 2007.

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NOTAS

(1) Tras el Renacimiento surgió la Edad de la Razón o Filosofía Moderna cuyo uno de su máximo exponente fue Kant. Con las Tres críticas de Kant (La crítica de la razón pura, La crítica de la razón práctica y La crítica del juicio), se produce una diferenciación de tres esferas: la ciencia (ello), la moralidad (nosotros) y el arte (yo). Con esta diferenciación, ya no había vuelta atrás. En el sincretismo mítico, la ciencia, la moralidad y el arte, estaban todavía globalmente fusionados. Por ejemplo: una “verdad” científica era verdadera solamente si encajaba en el dogma religioso. Con Kant, cada una de estas tres esferas se diferencia y se liberan para desarrollar su propio potencial:

-La esfera de la ciencia empírica trata con aquellos aspectos de la realidad que pueden ser investigados de forma relativamente “objetiva” y descritos en un lenguaje, es decir, verdades proposicionales y descriptivas (ello)

-La esfera práctica o razón moral, se refiere a cómo tú y yo podemos interactuar pragmáticamente e interrelacionarnos en términos que tenemos algo en común, es decir, un entendimiento mutuo (nosotros)

-La esfera del arte o juicio estético se refiere a cómo me expreso y qué es lo que expreso de mí, es decir, la profundidad del yo individual: sinceridad y expresividad (yo)

(2) Wilber examina el curso del desarrollo evolutivo a través de tres dominios a los que denomina materia (o cosmos), vida (o biosfera) y mente (o noosfera), y todo ello en conjunto es referido como “Kosmos”. Wilber pone especial énfasis en diferenciar cosmos de Kosmos, pues la mayor parte de las cosmologías están contaminadas por el sesgo materialista que les lleva a presuponer que el cosmos físico es la dimensión real y que todo lo demás debe ser explicado con referencia al plano material, siendo un enfoque brutal que arroja a la totalidad del Kosmos contra el muro del reduccionismo. Wilber no quiere hacer cosmología sino Kosmología.

(3) (Wilber, 2005b:72-119):

1- La realidad como un todo no está compuesta de cosas u de procesos, sino de holones.

2- Los holones muestran cuatro capacidades fundamentales: autopreservación, autoadaptación, autotrascendencia y autodisolución. Estas cuatro características son muy importantes y las vamos a estudiar una a una.

3- Autopreservación. Los holones se definen no por la materia de que están hechos (puede no haber materia) ni por el contexto en el que viven (aunque son inseparables de él), sino por el patrón relativamente autónomo y coherente que presenta. La totalidad del holón se muestra en la capacidad de preservar su patrón.

4- Autoadaptación. Un holón funciona no solo como una totalidad autopreservadora sino también como parte de otro todo mayor, y en su capacidad de ser una parte debe adaptarse o acomodarse a otros holones (no autopoiesis sino alopoiesis; no asimilación sino acomodación).

5- Autotrascendencia (o autotransformación). La autotrascendencia es simplemente la capacidad que tiene un sistema de llegar más allá de lo dado, e introducir en cierta medida algo novedoso; una capacidad sin la cual es seguro que la evolución no hubiera podido ni siquiera comenzar. El universo tiene la capacidad intrínseca de ir más allá de lo que fue anteriormente.

6- Autodisolución. Dado que cada holón es también un supraholón, cuando es borrado –cuando se autodisuelve en sus subholones- tiende a seguir el mismo camino descendente que éstos han seguido en el camino ascendente: las células se descomponen en moléculas, que a su vez se descomponen en átomos, y éstos en partículas que desaparecen en las probabilidades nubes transfinitas de “burbujas dentro de burbujas”.

7- Los holones emergen. Emergen nuevos holones debido a la capacidad de autotrascendencia. Primero las partículas subatómicas; después los átomos, moléculas, los polímeros; después las células, y así sucesivamente.

8- Los holones emergen holárquicamente. Es decir, jerárquicamente, como una serie ascendente de totalidades/partes. Los organismos contienen células, pero no al revés; las células contienen moléculas, pero no al revés; las moléculas contienen átomos, pero no al revés.

9- Cada holón emergente trasciende pero incluye a sus predecesores. Todas las estructuras básica y funciones son preservadas y llevadas a una identidad mayor, pero todas las estructuras de exclusividad y las funciones que existían debido, al aislamiento, a la separación, a la parcialidad, a la individualidad separada, son simplemente abandonadas y reemplazadas por una individualidad más profunda que alcanza una comunión más amplia de desarrollo.

10- Lo inferior establece las posibilidades de lo superior; lo superior estable las probabilidades de lo inferior. Aunque un nivel superior va “más allá” de lo dado en el nivel inferior, no viola las leyes o patrones del nivel inferior; no está determinado por el nivel inferior, pero tampoco puede ignorarlo. Mi cuerpo sigue las leyes de la gravedad, mi mente se rige por otras leyes, las de comunicación simbólica y la sintaxis lingüística; pero si mi cuerpo se cae por un precipicio, mi mente va con él.

11- El número de niveles que comprende una jerarquía determinada si esta es “superficial” o “profunda”; y al número de holones en su nivel dado le llamaremos su “extensión”. Esto es importante porque establece que no es solo el tamaño de una población lo que estable el orden de riqueza (u orden de emergencia cualitativa), sino más bien viene dado por su profundidad. Veremos que una de las confusiones más generalizadas de las teorías ecológicas generales o del nuevo paradigma (ya sean “pop” o “serias”) es que a menudo confunden gran extensión con gran profundidad.

12- Cada nivel sucesivo de la evolución produce MAYOR profundidad y MENOR extensión. Así, el número de moléculas de agua en el universo siempre será menor que el número de átomos de hidrógeno y de oxígeno. El número de células en el universo siempre será menor que el de moléculas, y así sucesivamente. Simplemente quiere decir que el número de totalidades siempre será menor que el número de partes, indefinidamente. Cuando mayor sea la profundidad de un holón, tanto mayor será su nivel de conciencia. El espectro de la evolución es un espectro de conciencia. Y se puede empezar a ver que las dimensiones espirituales constituyen el tejido mismo de la profundidad del Kosmos.

13- Destruye un holón de cualquier tipo y habrás destruido todos sus holones superiores y ninguno de sus inferiores. Es decir: cuando menos profundidad tiene un holón, tanto más fundamental es para el Kosmos, porque es un componente de muchos otros holones.

14- Las holoarquías coevolucionan. Significa que la “unidad” de evolución no es el holón aislado (molécula individual, planta, o animal), sino un holón más dentro del entorno inseparablemente ligado a él. Es decir, la evolución es ecológica en el sentido más amplio.

15- Lo micro está en una relación de intercambio con lo macro en todos los niveles de su profundidad. Por ejemplo, el ser humano y los tres niveles de materia, vida y mente: todos estos niveles mantienen su existencia a través de una red increíblemente rica de relaciones de intercambio con holones de la misma profundidad en su entorno.

16- La evolución tiende a seguir la dirección de mayor complejidad. El biólogo alemán Woltereck acuño el término anamorfosis – significa, literalmente, “no ser conforme”- para definir lo que vio como rasgo central y universal de la naturaleza: la emergencia de una complejidad cada vez mayor.

17- La evolución tiende a seguir la dirección de mayor diferenciación/integración. Este principio fue dado en su forma actual, por primera vez, por Herbert Spencer (en First principles, 1862): la evolución es un “cambio desde una homogeneidad incoherente e indefinida a una heterogeneidad coherente y definida, a través de continuas diferenciaciones e integraciones”.

18- La organización/estructuración va en aumento. La evolución se mueve del sistema más simple al más complejo y desde el nivel de organización menor hacia el mayor.

19- La evolución tiende a seguir la dirección de autonomía relativa creciente. Este es un concepto muy poco comprendido. Simplemente hace referencia a la capacidad de un holón para autopreservarse en medio de las fluctuaciones ambientales (autonomía relativa es otra forma de decir individualidad). Y de acuerdo con las ciencias de la complejidad, cuando más profundo es un holón, mayor es su autonomía relativa. La autonomía relativa simplemente se refiere a cierta flexibilidad ante el cambio de las condiciones ambientales.

20- La evolución tiende a seguir la dirección de un Telos creciente. El régimen, canon, código o estructura profunda de un holón actúa como un imán, un atractor, un punto omega en miniatura, para la realización de ese holón en el espacio y el tiempo. Es decir, el punto final del sistema tiene a “atraer” la realización (o desarrollo) del holón en esa dirección, ya sea un sistema físico, biológico o mental. Ha surgido toda una disciplina dentro de la teoría general de sistemas para dedicarse al estudio de las propiedades de los atractores caóticos y de los sistemas por ellos gobernados; se le conoce popularmente como la teoría del caos.

(4) Los cuatro cuadrantes del desarrollo son magníficamente resumido por Tony Schwartz en el prólogo de Breve historia de todas las cosas (Wilber, 2005a: 9):

El estudio de los centenares de mapas del desarrollo que han bosquejado los diversos pensadores a lo largo de los años- mapas del desarrollo biológico, del desarrollo psicológico, del desarrollo cognitivo y del desarrollo espiritual, por nombrar solo a unos pocos- llevó a Wilber al reconocimiento de que, muy a menudo, estos mapas estaban describiendo diferentes versiones de la “verdad”. Las formas exteriores del desarrollo, por ejemplo, pueden ser valoradas de manera objetiva y empírica pero, como afirma explícitamente Wilber, este tipo de verdad no lleva muy lejos. En su opinión, todo desarrollo comprehensivo también posee una dimensión interna, una dimensión subjetiva e interpretativa que está ligada a la conciencia y la introspección. Pero además, el desarrollo interno y el desarrollo externo, según Wilber, no tienen lugar aisladamente y de manera individual sino que acontecen en el seno de un contexto social y cultural. Éstos son los cuatro cuadrantes de los que hablamos. Ninguna de estas formas de la verdad puede ser reducida a las demás.

(5) Wilber (2005a: 177):

“Los grandes e innegables avances de las ciencias empíricas que tuvieron lugar en el periodo que va desde el Renacimiento hasta la Ilustración, nos hicieron creer que toda realidad podía ser abordada y descrita en los términos objetivos propios del lenguaje monológuico del “ello” e, inversamente, que si algo no podía ser estudiado y descrito de un modo objetivo y empírico, no era “realmente real”. Así fue como el Gran Tres terminó reducido al “Gran Uno” del materialismo científico, las exterioridades, los objetos y los sistemas científicos denominado por Wilber como una visión chata del mundo”.

(6) Permítaseme el lector que aproveche la experiencia vital del doctor Bruce Lipton para arremeter con una certera estocada en el corazón de los escépticos materialistas científicos.

El Profesor Titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid, Ángel Llamas, en el prólogo de La biología de la creencia (Lipton, 2007) nos invita a conocer las propuestas de esta obra: “en primer lugar, Bruce Lipton asesta un golpe definitivo al darwinismo oficial sin dogmatismo; en segundo lugar, nos recuerda que la noción de “sistema” en varias disciplinas partió de los descubrimientos en el campo de la biología. Sin embargo, desde la mística oriental hasta la física cuántica, en el organicismo de Platón, desde la economía hasta el campo jurídico, la idea de sistema ha encontrado su punto de anclaje en la consideración de la comunidad de elementos que interaccionan en la especialización del trabajo y en la cooperación para la resolución de sus problemas; en tercer lugar, el de mayor impacto en el libro, de que no somos víctimas de nuestros genes sino los dueños y señores de nuestros destinos”. Concluye Ángel Llamas así el prólogo: “Es el mismo camino que Karl Pribam en su denostado esfuerzo por cuestionar las creencias fijadas de antemano, o que el propio David Bohm realizó por considerar la totalidad del orden implicado, la mirada de Fritjot Capra en su Tao de la Física hace más de veinticinco años, el cambio que propuso Stanislav Grof respecto a los niveles de la conciencia humana, avalado por Campbell, Huston Smith o el propio Wilber en su visión integral de la psicología. Cómo no asociarlo con Michael Talbot cuando en sus propuestas de un universo holográfico detuvo un instante las creencias sobre un mundo que nos permitía plegar los niveles de realidad en múltiples planos”.

Ya en el prefacio, el propio Lipton nos cuenta cómo experimentó una epifanía científica que hizo añicos sus creencias acerca de la naturaleza de la vida; cómo su investigación ofrece una prueba irrefutable de que los preciados dogmas de la biología con respecto al determinismo genético albergan importantes fallos; cómo, el hecho de reconocer por fin la importancia del entorno genético le proporcionó una base para la ciencia y la filosofía de las medicinas alternativas, para la sabiduría espiritual de las creencias (tanto modernas como antiguas) y para la medicina alopática. Concluye Lipton en que la ciencia está a punto de desintegrar los viejos mitos y de reescribir una creencia básica de la civilización humana. La creencia de que no somos más que frágiles máquinas bioquímicas controladas por genes, está dando paso a la comprensión de que somos los poderosos artífices de nuestras propias vidas y del mundo en el que vivimos.

Luego en la introducción de la obra, asesta un golpe más al materialismo científico, y cito textualmente: “El Génesis dice que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Sí, el racionalista que os habla está citando ahora a Jesús, a Buda y a Rumi. He vuelto al punto de partida y he pasado de ser un científico reduccionista enfrentado a la vista a ser un científico espiritual. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios y es necesario que volvamos a introducir el espíritu en la ecuación si queremos mejorar nuestra salud mental y física”.

Finalmente, en el epílogo de la obra, explica cómo abandonó su pasado como científico agnóstico por una visión de la nueva biología que le llevó a comprender la importancia que tiene integrar los reinos de la ciencia y el espíritu, invitándonos a dejar de lado las creencias arcaicas inculcadas en las instituciones científicas y los medios de comunicación para considerar la emocionante visión que ofrece la ciencia vanguardista.

(7) Wolfgang Pauli, premio Nobel de Física en 1945, realizó profundas contribuciones positivas a la física, incluyendo el famoso “principio de exclusión” y la predicción de la existencia del neutrino veinte años antes de que fuera descubierto. Pauli insistía en que la racionalidad tenía que venir complementada por la mística, y su amigo personal y colega Werner Heisenberg escribió un bello resumen que es recogido por Ken Wilber en Cuestiones cuánticas, una obra que recoge los escritos místicos de los físicos más famosos del mundo.

Para Pauli, un primer tema central de reflexión filosófica fue el proceso mismo de conocimiento, especialmente del conocimiento natural, que encuentra su última expresión racional en el establecimiento de leyes de la naturaleza matemáticamente formuladas. Pauli no se daba por satisfecho con la concepción puramente empirista, según la cual las leyes naturales únicamente pueden derivarse de los datos experimentales. Más bien estaba de parte de quienes “subrayan el papel de la intuición y el manejo de la atención en la estructuración de los conceptos e ideas necesarios para establecer un sistema de leyes naturales”. Ideas que, por lo general, van mucho más allá de la mera experiencia. Pauli, por tanto, buscaba el lazo de la conexión entre las percepciones sensoriales, por una parte, y los conceptos, por otra.

Todos los pensadores consecuentes han llegado a la conclusión de que la pura lógica es fundamentalmente incapaz de construir dicho lazo entre las percepciones sensoriales y los conceptos. Lo más satisfactorio, al entender de Pauli, es introducir en este punto el postulado de que en el cosmos existe un orden distinto del mundo de las apariencias, y que escapa a nuestra capacidad de elección. Lo cierto es que la relación entre la percepción sensible y la Idea sigue siendo una consecuencia del hecho de que tanto el alma como lo que se conoce por medio de la percepción están sujetos a un orden objetivamente concebido. El puente que conduce desde los datos experimentales, inicialmente desordenados, hasta las Ideas, lo ve Pauli en ciertas imágenes primigenias que preexisten en el alma, los arquetipos de que habla Kepler y también la psicología moderna. Estas imagines primordiales-aquí Pauli está de acuerdo en gran medida con Jung- no están localizadas en la conciencia, ni están relacionadas con ideas concretas formuladas racionalmente. Son, más bien, formas que pertenecen a la región inconsciente del alma humana, imagines dotadas de un poderoso contenido emocional y que no brotan a través del pensamiento, sino que son contempladas, por así decir, imaginativamente. Esta concepción del conocimiento natural proviene, obviamente, en lo esencial, de Platón.

Como dice Pauli: “La mente parece moverse a partir de un centro interior hacia fuera, por un movimiento como de extraversión hacia el mundo físico, donde se supone que todo sucede de modo automático, de manera que se diría que el espíritu abarca serenamente al mundo físico con sus Ideas”. Así pues, la ciencia natural de la época moderna implica una elaboración cristiana del “lúcido misticismo” platónico, para el cual el fundamento unitario del espíritu y la materia reside en las imágenes primordiales, donde tiene también lugar la comprensión, en sus diversos grados y clases, incluso hasta el conocimiento de la palabra de Dios. Pero Pauli añade una advertencia: “Este misticismo es tan lúcido que es capaz de ver más allá de numerosas oscuridades, cosa que los modernos no podemos ni nos atrevemos a hacer”.

En el centro del pensamiento filosófico de Pauli estaba el deseo de una comprensión unitaria del mundo, una unidad en la que estuviese incorporada la tensión de los opuestos, por lo cual saludó a esa interpretación de la teoría cuántica como a la inauguración de un nuevo modo de pensar, que permita expresar aquella unidad con mayor facilidad que entonces. Pauli llegó a pensar que el terreno árido atravesado por la moderna física atómica y por la psicología moderna permitía intentar una vez más emplear ese único lenguaje: “En la física actual tenemos una realidad invisible (la de los objetos atómicos) en la que el observador interviene con una cierta libertad (viéndose por ello enfrentado a alternativas de “elección y sacrificio”); por otra parte, en la psicología del inconsciente nos encontramos con procesos que no pueden atribuirse siempre sin ambigüedad alguna a un sujeto determinado. Habríamos encontrado así un modo de expresar la unidad entre todos los seres, que trascendería la causalidad de la física clásica como forma de correspondencia (Bohr); unidad, de la cual son casos especiales la interrelación psicofísica y la coincidencia de las formas instintivas de ideación a priori con las percepciones externas.

Sin embargo, dice Pauli, creo que a todo aquel para quien un racionalismo estrecho ha perdido todo atractivo, y para quien tampoco resulta suficientemente poderoso el encanto de una actitud mística, que considera sencillamente ilusoria la oprimente multiplicidad del mundo exterior, no le queda más remedio que exponerse a la intensa acción de los opuestos y sufrir los conflictos consiguientes. Precisamente obrando así, puede el sujeto encontrar más o menos conscientemente un camino interior de salvación. Lentamente surgen entonces imágenes, fantasías o Ideas internas que compensan la situación exterior y revelan como posible la aproximación entre los polos de la antítesis. Considera Pauli que el anhelo de superación de los opuestos, extensivo al logro de una síntesis que abarque a un tiempo a la comprensión racional y a la experiencia mística de la unidad, constituye el mito, confesado o no, de nuestro tiempo y de la época actual.

(8) Etimológicamente el término transpersonal significa “más allá” o “a través” de lo personal, y en la literatura transpersonal se suele utilizar para hacer referencia a inquietudes, motivaciones, experiencias, estadios evolutivos, modos de ser y otros fenómenos que incluyen pero trascienden la esfera de la individualidad y de la personalidad humana, el yo o ego (Ferrer, 2002). Entre sus intereses centrales se encuentran “los procesos, valores y estados transpersonales, la conciencia unitiva, las experiencias cumbre, el éxtasis, la experiencia mística, la trascendencia, las teorías y prácticas de la meditación, los caminos espirituales, la realización (...) y los conceptos, experiencias y actividades con ellas relacionados” (Walsh y Vaughan, 1982:14). Entre sus objetivos principales se encuentra la delimitación de las fronteras y las variedades de la experiencia humana consciente (Rowan, 1996). (Cita extraída del trabajo de investigación de Doctorado titulado Complejidad y Psicología Transpersonal: Caos y autoorganización en psicoterapia, de Iker Puente Vigiola, Facultad de Psicología, Universidad Autónoma de Barcelona, 16 de Febrero de 2007).

Sin embargo, a los efectos prácticos de este ensayo, el concepto de conciencia transpersonal se implementa también con la siguiente definición: En los estados modificados de consciencia estudiados por la psicología transpersonal se producen cambios en el flujo del pensamiento, en la percepción de la realidad y a nivel emocional. En estos estados pueden ocurrir experiencias de catarsis y, sobre todo, experiencias místicas o extáticas, que diversos autores han definido como religiosas, trascendentes, transpersonales o experiencias cumbre. En estas vivencias el mundo se percibe como una totalidad, en la que el propio individuo está inmerso. Se produce, al mismo tiempo, una sensación subjetiva de unidad, en la que el Yo individual se diluye, desapareciendo toda distinción significativa entre el Yo y el mundo exterior. Esta experiencia es vivida por la persona como algo positivo, y autores como Maslow o Grof señalan que puede tener efectos beneficiosos y terapéuticos. Sin embargo, la disolución del Yo previa a la sensación subjetiva de unidad, puede ser vivida por el sujeto como un momento de caos, de desequilibrio y desestructuración, de pérdida de los puntos de referencia habituales. Diversos autores se han referido a esta experiencia como muerte del ego. (Grof, 1988; Wilber, 1996; Fericgla, 2006). (Cita extraída del artículo titulado Psicología Transpersonal y Ciencias de la Complejidad: Un amplio horizonte interdisciplinar a explorar, de Iker Puente, Journal of Transpersonal Research, 2009, Vol. 1 (1), pp 19-28 ISSN: 1989-6077).

Por tanto, en este ensayo, el paso de la conciencia personal a la conciencia transpersonal, debe interpretarse como la muerte del ego en su viaje iniciático hacia la percepción unitaria del sujeto cognoscente con el mundo (no dualidad entre sujeto y objeto), donde las emociones egoístas e individualistas dejan paso a la compasión. Se trataría, en suma, de un ascendente viaje iniciático-cognitivo similar al descrito como salida del mundo de las sombras en el Mito de la Caverna de Platón, para luego transmitir de un modo descendente la sabiduría adquirida en el Mundo de las Ideas, donde la reina es el Amor.

(9) Desde el surgimiento de la física cuántica, la erudición ya no centra su atención en el objeto, sino en la conciencia humana como lo acreditan diversas áreas de la ciencia que, inapelablemente, remiten a la rehabilitación de la filosofía perenne. Las categorías científicas están convergiendo en la ciencia por excelencia, a saber, la ciencia de la conciencia. Y en ese campo, la filosofía transpersonal desarrollada por el filósofo Ken Wilber y la psicología transpersonal como la “cuarta fuerza” de la psicología, se presentan como un nuevo paradigma de conocimiento que, inherentemente, requiere de una renovada visión de la historia, la ciencia y la espiritualidad pero, eminentemente, desde un revisionismo de la psicología cognitiva y educativa.

La educación cuántica propone una reinterpretación de la historia del pensamiento occidental mediante la recuperación de la sabiduría presente en la filosofía perenne; replantea las relaciones entre la ciencia y la espiritualidad a la luz de las diferentes interpretaciones de la mecánica cuántica; cuestiona el tradicional sistema educativo y propone una pedagogía activa y libertaria; reivindica el asesoramiento filosófico junto a la psicoterapia transpersonal como guía cognitiva para dar un sentido a la vida.

El pensamiento divergente propuesto por el autor se atreve con postulaciones metafísicas en aras de satisfacer inquietudes epistemológicas que la sociedad occidental no puede solucionar desde el dogmático materialismo científico. En su lugar, invita al lector a descubrir la filosofía transpersonal, como un ejercicio de trascendencia para superar los contrarios a los que todo ser humano debe enfrentarse: la pobreza y la riqueza, la esclavitud y la libertad, el mal y el bien, la ignorancia y la sabiduría, la desdicha y la felicidad, la vida y la muerte, la materia y la mente.

En suma, esta obra aborda los cambios de paradigmas que sufre la actual civilización en el ámbito epistemológico, sociológico, psicológico, intelectual, filosófico y espiritual, proponiendo un nuevo paradigma de conocimiento para todo sujeto cognoscente que se precie de saber pensar.

La obra reivindica devolver a la filosofía su operatividad, su originaria dimensión terapéutica y su relevancia para la vida cotidiana. Para tal fin, la educación cuántica propone una renovada filosofía de la mente en oposición a la visión mecanicista, industrial y positivista de la escolarización tradicional.

(10) Wilber examina el curso del desarrollo evolutivo a través de tres dominios a los que denomina materia (o cosmos), vida (o biosfera) y mente (o noosfera), y todo ello en conjunto es referido como “Kosmos”. Wilber pone especial énfasis en diferenciar cosmos de Kosmos, pues la mayor parte de las cosmologías están contaminadas por el sesgo materialista que los lleva a presuponer que el cosmos físico es la dimensión real y que todo lo demás debe ser explicado con referencia al plano material, siendo un enfoque brutal que arroja a la totalidad del Kosmos contra el muro del reduccionismo. Wilber no quiere hacer cosmología sino Kosmología.
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RELIGIÓN Y MATERIALISMO CIENTÍFICO: LOS DOGMAS DEL PENSAMIENTO OCCIDENTAL

LA GRAN INVERSIÓN: DE LO INCONMENSURABLE A LO CONMENSURABLE

Este artículo está reproducido como capítulo 3 en la primera parte de la obra FILOSOFÍA TRANSPERSONAL Y EDUCACIÓN TRANSRACIONAL

“La razón ha sido histórica y psicológicamente segregada del espíritu humano, de ahí la divergencia cognitiva entre el materialismo científico y el conocimiento revelado que postulan las religiones” (Amador Martos, filósofo transpersonal).

Según Wilber, las grandes tradiciones espirituales del mundo caen bajo dos campos muy amplios y diferentes, dos tipos diferentes de espiritualidad que denomina la espiritualidad ascendente y espiritualidad descendente. Desde la época que va desde San Agustín a Copérnico, Occidente se movió siguiendo un ideal puramente ascendente, un ideal esencialmente ultramundano, un ideal según el cual la salvación y la liberación final no pueden ser halladas en este mundo, en esta Tierra y en esta vida, de modo que, desde ese punto de vista, las cosas realmente importantes solo ocurren después de la muerte, en el dominio de lo ultramundano. Con el advenimiento de la modernidad y la postmodernidad, en cambio, asistimos a una profunda subversión de este punto de vista, una transformación en la que los ascendentes desaparecen de escena y dejan su lugar a los descendentes, la idea de que el único mundo que existe es el mundo sensorial, empírico y material, un mundo que niega dimensiones superiores y más profundas y, negando por tanto, estadios superiores de la evolución de la conciencia, negando la trascendencia. Bienvenidos, por tanto, al mundo chato (1) a decir de Wilber, al dios del capitalismo, del marxismo, del industrialismo, de la ecología profunda, del consumismo o del ecofeminismo, al Gran Uno asentado sobre el reduccionismo del materialismo científico o “ello” como jerarquía de dominio sobre el “yo” y el “nosotros” (2) .

Esa es la batalla arquetípica que tiene lugar en el mismo corazón de la tradición occidental, la lucha entre los ascendentes y los descendentes, según Wilber (2005: 30):

"El camino ascendente es el camino puramente trascendental y ultramundano. Se trata de un camino puritano, ascético y yóguico, un camino que suele despreciar- e incluso negar- el cuerpo, los sentidos, la sexualidad, la Tierra y la carne. Este camino busca la salvación en un reino que no es de este mundo. El camino ascendente glorifica la unidad no la multiplicidad. (…). El camino descendente, por su parte afirma exactamente lo contrario, Éste es un camino esencialmente intramundano, un camino que no glorifica la unidad sino la multiplicidad. El camino descendente enaltece la Tierra, el cuerpo, los sentidos e incluso la sexualidad, un camino que llega incluso a identificar el espíritu con el mundo sensorial. Se trata de un camino puramente inmanente que rechaza la trascendencia".

1 - LOS ASCENDENTES Y LOS DESCENDENTES

Occidente ha olvidado por completo las dimensiones espirituales, lo que Wilber denomina mundo chato, al haber reducido el Gran Tres (yo, ello y nosotros) en el Gran Uno (materialismo científico o “ello”). En la tercera parte de su obra Breve historia de todas las cosas (2005), Wilber trata de desentrañar la génesis histórica de tal rechazo de lo espiritual, la razón histórica concreta que explica los motivos por los cuales el Occidente moderno ha llegado a negar la validez de los estadios transpersonales.

Una primera consideración a tener en cuenta es que la Gran Holoarquía (3) ha sido la filosofía oficial predominante durante toda la existencia de la mayor parte de la humanidad, tanto Oriental como Occidental. A modo de ejemplo, Wilber reproduce la Gran Holoarquía de la conciencia de las que nos hablan Plotino y Aurobindo (ver gráfico adjunto).

El hecho es que el sustrato cultural de la mayor parte de la historia de la humanidad contiene algún tipo de Gran Holoarquía, siendo la más básica: materia, cuerpo, mente, alma y Espíritu. Pero tal situación concluyó, en Occidente, con el advenimiento de la Ilustración, cuando su paradigma fundamental se empeñó en cartografiar la realidad –incluida la Gran Holoarquía- en términos empíricos y monológuicos. Aunque se trató de un intento bienintencionado, fue erróneo poner a la conciencia, la moral, los valores y los significados bajo el objetivo del microscopio porque la mirada monológuica no puede acceder a las profundidades interiores. Pronto, el “yo” y el “nosotros” se vieron reducidos a meros “ellos”, deviniendo así en un mundo chato. La buena noticia es que la modernidad diferenció al Gran Tres (arte, ciencia y moralidad), pero la mala noticia es que la expansión de la ciencia terminó colonizando y sometiendo los dominios del “yo” y del “nosotros”, impidiendo por tanto su integración y colapsando así las dimensiones interiores del ser, de la conciencia y de la profundidad, es decir, colapsando a la Gran Holoarquía de la conciencia.

Si observamos a la Holoarquía de la figura anterior, resulta evidente que existe dos grandes direcciones posibles: ascender desde la materia hasta el Espíritu o descender desde el Espíritu hasta la materia. La primera es una dirección trascendente o ultramundana, mientras que la segunda es inmanente o intramundana. Uno de los mitos al uso de la tradición occidental es Platón y, aunque la mayor parte de la gente cree que es un filósofo ascendente, en realidad, es un filósofo que reconoce los dos tipos de movimientos, el ascendente (el Bien que nosotros aspiramos a comprender) y el descendente (una manifestación del Bien). Sin embargo, a lo largo de la historia, estas dos facetas se vieron brutalmente separadas y tuvo lugar una violenta ruptura entre los partidarios de lo meramente ascendente y los defensores de lo meramente descendente, pues se consumó la escisión entre ambas. Wilber rastrea esa historia con la intención de integrarlas.

Casi todo el mundo coincide en que Plotino formuló de modo más comprensible las ideas fundamentales de Platón, el movimiento ascendente y el movimiento descendente, a los que llamó Flujo y Reflujo. El Espíritu fluye o se vierte de continuo en el mundo y es por ello que la totalidad del mundo, incluyendo a sus habitantes, son manifestaciones perfectas del Espíritu. Pero del mismo modo, el mundo retorna o refluye de continuo al Espíritu, evidenciando así que la totalidad del mundo es esencialmente espiritual, “el Dios visible y sensible” del que hablaba Platón, lo cual demuestra de modo inequívoco la orientación no dual de Plotino. Wilber relaciona dicha integración entre lo ascendente y lo descendente con la unión entre la sabiduría y la compasión.

En efecto, tanto en Oriente como en Occidente, el camino de ascenso desde los muchos hasta el Uno es el camino de la sabiduría, porque la sabiduría ve que detrás de todas las formas y la diversidad de los fenómenos descansa el Uno, el Bien. El camino de descenso, por su parte, es el camino de la compasión, porque el Uno se manifiesta realmente como los muchos y, en consecuencia, todas las formas deben ser tratadas con el mismo respeto y compasión. Y la unión entre esas dos corrientes, entre la sabiduría y la compasión, constituye el fin y el sustrato de toda auténtica espiritualidad. Dicho de otro modo, la sabiduría es a Dios como la compasión a la Divinidad. Ésta es precisamente la visión no dual (4) , la unión entre el Flujo y el Reflujo, entre Dios y la Divinidad, entre la Vacuidad y la Forma, entre la sabiduría y la compasión, entre lo ascendente y lo descendente.

Sin embargo, a lo largo de la historia de Occidente, dicha unidad entre lo ascendente y lo descendente terminaría resquebrajándose y enfrentando, de manera frecuentemente violenta, a los ultramundanos ascendentes y los intramundanos descendentes, un conflicto que ha terminado convirtiéndose en el problema central característico de la mente occidental. Durante el milenio que va de Agustín a Copérnico aparece, en Occidente, un ideal casi exclusivamente ascendente recomendado por la Iglesia para alcanzar las virtudes y la salvación, un camino que aconsejaba no acumular ningún tipo de tesoros de esta tierra porque, según ella, en esta tierra no hay nada que merezca ser atesorado. Pero todo comenzó a cambiar radicalmente con el Renacimiento y la emergencia de la modernidad, un cambio que alcanzaría su punto culminante con la Ilustración y la Edad de la Razón y que bien podría resumirse diciendo que los ascendentes fueron reemplazados por los descendentes. Con la emergencia de la modernidad, lo ascendente se convertiría en el nuevo pecado. La moderna negación occidental de las dimensiones transpersonales produjo desprecio, rechazo y marginación de lo auténticamente espiritual y el consiguiente declive de cualquier tipo de sabiduría trascendente, un declive que ha termino convirtiéndose en el signo de nuestros tiempos.

Para el mundo moderno, entonces, la salvación se hallaría en la política, la ciencia, el marxismo, la industrialización, el consumismo, la sexualidad, el materialismo científico, etcétera. La salvación solo puede ser encontrada en esta tierra, en el mundo de los fenómenos, en suma, en un marco de referencia puramente descendente donde no existe ninguna verdad superior, ninguna corriente ascendente, nada que sea realmente trascendente, dicho de otra manera, es una religión de mucha compasión pero poca sabiduría, de mucha Divinidad pero poco Dios, en suma, en una visión chata del mundo sustentada por el materialismo científico.

2 - EL COLAPSO DEL KOSMOS (5)

Cuando el vehículo de la evolución entró en el mundo moderno, se produjo la diferenciación del Gran Tres –conciencia (yo), cultura (nosotros) y naturaleza (ello) -, y derivó hacia la disociación del Gran Tres y el posterior colapso del Kosmos en un mundo chato dominado por el Gran Uno (materialismo científico o “ello”). La fragmentación del mundo en tres dominios separados, el yo, la moral y la ciencia, que no buscaban la integración sino el dominio sobre los demás, derivó en un desastre en que todavía se encuentra atrapado el mundo moderno y postmoderno.

Ahora bien, todo no iba a ser negatividad, pues el esplendor de la modernidad trajo consigo en apenas un siglo –desde 1788 hasta 1888- que la esclavitud fuera proscrita y erradicada de todas las sociedades racional-industriales del planeta. Con el surgimiento histórico de la diferenciación del Gran Tres –el yo, la cultura y la naturaleza-, apareció el feminismo liberal y los movimientos democráticos porque, la Edad de la Razón, fue también la Edad de la Revolución en contra de las grandes jerarquías de dominio. Una paradoja de la historia es que Sócrates eligió la razón sobre el mito y por ello fue condenado a beber la cicuta. Mil quinientos años más tarde el mundo dio un vuelco y la polis obligó a los dioses a beber la cicuta, y de la muerte de esos dioses surgieron las modernas democracias.

La diferenciación del Gran Tres eliminó asimismo las trabas impuestas por los dogmatismos míticos que obstaculizaban el progreso de la ciencia empírica, emergiendo por primera vez a gran escala la racionalidad ligada a la observación empírica que se basaba en un procedimiento hipotético-deductivo. Pero la mala noticia de la modernidad fue que la ciencia empírica se convertiría en un cientifismo cuyo fracaso es obviar la integración del Gran Tres. Liberadas de la indisociación mágica y mítica, la conciencia, la moral y la ciencia comenzaron a proclamar sus verdades, su poder y su forma peculiar de abordar el Kosmos. A finales del siglo XVIII, el vertiginoso avance de la ciencia comenzó a desproporcionar las cosas y los progresos conseguidos en el dominio del “ello” llegaron a eclipsar y negar los valores de las verdades propias de los dominios del “yo” y del “nosotros”. Fue entonces cuando el Gran Tres se colapsó en el Gran Uno y la ciencia empírica terminó arrogándose la facultad de pronunciarse sobre la realidad última. En el siglo XVIII, las dimensiones de la Mano Izquierda comenzaron a verse reducidas a sus correlatos de la Mano Derecha (6) . A partir de entonces, lo único “realmente real” fueron “ellos”, haciendo desaparecer de la escena al Espíritu o y la mente, pues solo existe la naturaleza empírica. Consecuentemente, tampoco existe la supraconciencia y la autoconciencia y, de ese modo, la Gran Holoarquía terminó desplomándose como un castillo de naipes.

Los extraordinarios logros alcanzados por la ciencia empírica –por Galileo, Kepler, Newton, Harvey, Kelvin, Clausius y Carnot, entre otros- solo podrían equipararse a las extraordinarias transformaciones provocadas por la industrialización. Ambos, la ciencia empírica y la industrialización, eran dominios del “ello” que se alimentaban mutuamente en una especie de círculo vicioso. Dicho en otras palabras, el “ello” contaba ahora con dos poderosas fuerzas: la ciencia empírica y el poder de la industrialización. La industrialización favoreció el desarrollo de una mentalidad productiva, técnica e instrumental que enfatizó desmesuradamente el dominio del “ello” como lo “único real”. Fue entonces cuando el “ello” comenzó a crecer como un cáncer – una jerarquía patológica- que terminó invadiendo y sometiendo a los dominios del “yo” y del “nosotros”. De ese modo, las decisiones éticas de la cultura acabaron rápidamente en manos de la ciencia y de la técnica, convirtiendo los problemas propios de los dominios del “yo” y el “nosotros” en problemas técnicos del dominio del “ello”. En suma, la idea era que, como el cerebro forma parte de la naturaleza –la única realidad-, la conciencia podría ser descubierta mediante el estudio empírico del cerebro.

Wilber hace hincapié de que el cerebro forma parte de la naturaleza, pero la mente no forma parte del cerebro, pues la conciencia es una dimensión interna cuyo correlato externo es el cerebro objetivo. La mente es un “yo” y el cerebro es un “ello”. Solo es posible acceder a la mente a través de la introspección, la comunicación y la interpretación. Aunque la conciencia, los valores y los significados sean inherentes a las profundidades del Kosmos, no pueden ser encontrados en el cosmos, es decir, son inherentes a las profundidades de la Mano Izquierda, no a las superficies de la Mano Derecha. Así fue como el Espíritu se suicidó y terminó convirtiéndose en un fantasma. Ese fue el motivo por el que teóricos como Foucault han atacado con tanta dureza las “ciencias del hombre” que aparecieron en el siglo XVIII, pues los seres humanos eran estudiados en sus dimensiones objetivas y empíricas y, en consecuencia, fueron reducidos a meros “ellos”.

Los principales teóricos y críticos del auge del modernismo –Hegel, Weber, Taylor y Foucault- coincidían en caracterizar a la modernidad como un sujeto separado observando un mundo de “ellos”, cuyo único reconocimiento consistía en el cartografiado empírico y objetivo de un mundo holístico. De ese modo, los dominios de lo subjetivo y de lo intersubjetivo se vieron reducidos a la investigación empírica, convirtiendo a los seres humanos en objetos de información, nunca sujetos de comunicación. La reducción del Gran Tres al Gran Uno dio así paso al humanismo deshumanizado y, de ese modo, el paradigma fundamental de la Ilustración terminó dando origen al moderno marco de referencia descendente. Del ideal casi exclusivamente ascendente que había dominado a la conciencia occidental en manos de la religión desde hacía un milenio pasamos al ideal casi exclusivamente descendente que ha dominado a la modernidad y la postmodernidad hasta hoy en día mediante el materialismo científico. Ya no hay ni Espíritu ni mente, sino solo naturaleza. El mundo fracturado, dualista ascendente dio lugar así al igualmente fracturado y dualista mundo descendente.

Una de las principales ironías de la modernidad fue que la misma diferenciación del Gran Tres –que permitió el gran paso adelante hacia el logro de una mayor libertad- propició también el colapso en el mundo chato y absurdo de las meras superficies. ¡Una mayor libertad para ser superficial! Para Platón, Plotino, Emerson y Eckhart, la naturaleza es una expresión del Espíritu pero, la ontología industrial que solo reconocía a la naturaleza, invadió y colonizó todos los otros dominios, provocando el hundimiento del Kosmos en un mundo empírico. El hecho es que el marco de referencia descendente destruyó el Gran Tres –la mente, la cultura y la naturaleza- y perpetuó su disociación, su falta de integración, sembrando la tierra con sus fragmentos. La salvación – si es que es posible- reside en la integración del Gran Tres: la naturaleza (ello), la moral (nosotros) y la mente (yo).

REFERENCIAS

Wilber, Ken. Breve historia de todas las cosas. Barcelona: Kairos, 2005.

(1) Wilber (2005: 177):

“Los grandes e innegables avances de las ciencias empíricas que tuvieron lugar en el periodo que va desde el Renacimiento hasta la Ilustración, nos hicieron creer que toda realidad podía ser abordada y descrita en los términos objetivos propios del lenguaje monológuico del “ello” e, inversamente, que si algo no podía ser estudiado y descrito de un modo objetivo y empírico, no era “realmente real”. Así fue como el Gran Tres terminó reducido al “Gran Uno” del materialismo científico, las exterioridades, los objetos y los sistemas científicos [denominado por Wilber como una visión chata del mundo]”.

(2) La visión racional-industrial del mundo sostenida por la Ilustración cumplió con funciones muy importantes como la aparición de la democracia, la abolición de la esclavitud, el surgimiento del feminismo liberal, la emergencia de la ecología y las ciencias sistémicas, entre algunas más, pero sin duda, la más importante puesta en escena fue la diferenciación entre el arte (yo), la ciencia (ello) y la moral (nosotros), el Gran Tres diferenciado por Kant a través de sus Tres críticas .

Tras el Renacimiento surgió la Edad de la Razón o Filosofía Moderna cuyo uno de sus máximo exponente fue Kant. Con las Tres críticas de Kant (La crítica de la razón pura, La crítica de la razón práctica y La crítica del juicio), se produce una diferenciación de tres esferas: la ciencia, la moralidad y el arte. Con esta diferenciación, ya no había vuelta atrás. En el sincretismo mítico, la ciencia, la moralidad y el arte, estaban todavía globalmente fusionados. Por ejemplo: una “verdad” científica era verdadera solamente si encajaba en el dogma religioso. Con Kant, cada una de estas tres esferas se diferencia y se liberan para desarrollar su propio potencial:

-La esfera de la ciencia empírica trata con aquellos aspectos de la realidad que pueden ser investigados de forma relativamente “objetiva” y descritos en un lenguaje, es decir, verdades proposicionales y descriptivas (ello).

-La esfera práctica o razón moral, se refiere a cómo tú y yo podemos interactuar pragmáticamente e interrelacionarnos en términos que tenemos algo en común, es decir, un entendimiento mutuo (nosotros).

-La esfera del arte o juicio estético se refiere a cómo me expreso y qué es lo que expreso de mí, es decir, la profundidad del yo individual: sinceridad y expresividad (yo).

(3) Wilber revisa las características de la evolución en los diversos reinos que son comunes en toda forma de evolución, desde la materia hasta la vida y la mente. Dicho camino evolutivo conduce a la emergencia del ser humano, ya sea mediante la visión científica moderna de la evolución pero también bajo el prisma de la filosofía perenne. La filosofía perenne constituye el núcleo de las grandes tradiciones de sabiduría del mundo entero y sostiene que la realidad es una gran Holoarquía de ser y de conciencia que va de la materia (fisiosfera) hasta la vida (biosfera), la mente (noosfera) y el Espíritu (misticismo).

(4) Wilber, en su obra el Espectro de la conciencia, realiza una síntesis de religión, física y psicología, refutando la filosofía del materialismo y aborda de un modo epistemológico dos modos de saber: el conocimiento simbólico (dualidad sujeto-objeto) y el misticismo contemplativo (no dualidad entre sujeto-objeto), dos modos de saber diferentes pero complementarios. Según Wilber (55-56):

“Esos dos modos de conocer son universales, es decir, han sido reconocidos de una forma u otra en diversos momentos y lugares a lo largo de la historia de la humanidad, desde el taoísmo hasta William James, desde el Vedanta hasta Alfred North Whitehead y desde el Zen hasta la teología cristiana. (…) También con toda claridad en el hinduismo”.

Sin embargo, la civilización occidental es la historia del primer modo de saber que ha evolucionado hasta la extenuación de su “rígida estructura” dualista con el surgimiento de la mecánica cuántica. Esos dos modos de saber también son contemplados por los padres fundadores de la relatividad y de la física cuántica (Wilber en Cuestiones cuánticas) y, correlativamente, aluden los mundos antagónicos entre la ciencia y la religión, respectivamente, entre el saber racional y el metafísico, ambos aunados por los “místicos cuánticos” en un racionalismo espiritual adoptado como filosofía transpersonal, y convirtiéndose en un fundamento epistemológico para un nuevo paradigma de conocimiento integrador de la filosofía con la espiritualidad.

(5) Wilber examina el curso del desarrollo evolutivo a través de tres dominios a los que denomina materia (o cosmos), vida (o biosfera) y mente (o noosfera), y todo ello en conjunto es referido como “Kosmos”. Wilber pone especial énfasis en diferenciar cosmos de Kosmos, pues la mayor parte de las cosmologías están contaminadas por el sesgo materialista que les lleva a presuponer que el cosmos físico es la dimensión real y que todo lo demás debe ser explicado con referencia al plano material, siendo un enfoque brutal que arroja a la totalidad del Kosmos contra el muro del reduccionismo. Wilber no quiere hacer cosmología sino Kosmología.

(6) Según Ken Wilber (2005:139):

“La hermenéutica es el arte de la interpretación. La hermenéutica se originó como una forma de comprender la interpretación misma porque cuando usted interpreta un texto hay buenas y malas formas de proceder. En general, los filósofos continentales, especialmente en Alemania y en Francia, se han interesado por los aspectos interpretativos de la filosofía, mientras que los filósofos anglosajones de Gran Bretaña y Estados Unidos han soslayado la interpretación y se han dedicado fundamentalmente a los estudios pragmáticos y empírico-analíticos. ¡La vieja disputa entre el camino de la Mano Izquierda y el camino de la Mano Derecha!” ( la Mano Izquierda se refiere a “lo intencional” y a “lo cultural”, que tienen que ver con la profundidad interior a la que solo se puede acceder mediante la interpretación; y la Mano Derecha se refiere a “lo empírico” y “perceptual”). Así pues, recuerde, que la “hermenéutica” es la clave que nos permite adentrarnos en las dimensiones de la Mano Izquierda. La Mano Izquierda es profundidad y la interpretación es la única forma de acceder a las profundidades. Como diría Heidegger, la interpretación funciona en todo el camino de descenso para el cual el mero empirismo resulta casi completamente inútil”.
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LA AUTÉNTICA ESPIRITUALIDAD, SEGÚN KEN WILBER.

EL ABISMO CULTURAL Y LA CUESTIÓN ÉTICA

Este artículo está reproducido como capítulo 4 en la primera parte de la obra FILOSOFÍA TRANSPERSONAL Y EDUCACIÓN TRANSRACIONAL

“¿Por qué la gente le tiene fobia a la filosofía? ¿No será porque no ha sido debidamente interpretada por el pensamiento occidental? Afortunadamente, Ken Wilber propone la solución a ello al reinterpretar la filosofía occidental a la luz de la filosofía perenne” (Amador Martos, filósofo transpersonal).

Wilber concluye Breve historia de todas las cosas (2005) centrando su atención en tres tópicos: la interpretación de las intuiciones espirituales, la ética medioambiental y las posibles líneas de desarrollo de la futura evolución del mundo.

1 - LAS INTUICIONES ESPIRITUALES Y EL ABISMO CULTURAL

En opinión de Wilber, muchas personas tienen verdaderas intuiciones de los estadios transpersonales iniciales pero, a su juicio, son interpretadas o descifrada de una forma inapropiada por estar atrapadas en el moderno marco de referencia descendente y en su correspondiente disociación entre el yo, la cultura (nosotros) y la naturaleza (ello) (1). Por ejemplo, una intuición del Alma Global del Mundo interpretada en función de su Yo superior, tenderá a ignorar los componentes conductuales, sociales y culturales tan indispensables para la auténtica transformación. También puede ocurrir que se caiga en el otro extremo, que se sienta que es uno con el mundo y luego concluya que ese mundo con el que se ha fundido es la simple naturaleza empírica, ignorando entonces el mundo subjetivo e intersubjetivo. De modo que puede ocurrir que la intuición sea genuina pero que la interpretación termine tergiversando completamente las cosas cuando se realiza exclusivamente en función de su cuadrante favorito en lugar de rendir tributo por igual a los cuatro cuadrantes.

Según Wilber, cuando más en contacto se halle con el Yo superior, más comprometido estará usted con el mundo y con los demás, como un componente de su auténtico Yo, el Yo en el que todos somos Uno. Tener en cuenta los cuatro cuadrantes ayuda a manifestar esta realización y a respetar a todos y cada uno de los holones (2) como una manifestación de lo Divino. Ciertamente, en la Suprema Identidad, uno está asentado en la Libertad, pero esa Libertad se manifiesta como actividad compasiva, como atención y como respeto. Las interpretaciones más certeras favorecen la posterior emergencia de intuiciones más profundas relativas a los dominios del “yo”, del “nosotros” y del “ello”, no solo en cuanto a la forma de actualizar el Yo superior sino también con respecto a la manera de integrarlo en la cultura (nosotros), encarnarlo en la naturaleza (ello) e impregnarlo en las instituciones sociales, en definitiva, una interpretación que tenga en cuenta los cuatro cuadrantes en los que se manifiesta el Espíritu.

El gran descubrimiento de la postmodernidad es que no existe nada dado de antemano, un descubrimiento que abre a los seres humanos a un Espíritu que deviene cada vez más agudamente consciente de sí mismo en la medida en que va recorriendo el camino que le conduce a despertar en la supraconciencia, sin embargo, los pensadores religiosos antimodernos se hallan completamente atrapados en la visión agraria del mundo y no comprenden siquiera las modalidades moderna y postmoderna del Espíritu. No parecen haber comprendido que la esencia de la modernidad consiste en la diferenciación del Gran Tres (1), despreciando así la evolución como proceso que está operando para socavar su autoridad. Es irónico que las mismas autoridades religiosas se hayan convertido en uno de los principales obstáculos para la aceptación moderna y postmoderna del Espíritu.

Desde la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente, ha tenido lugar el lento proceso de transformación de una sociedad racional-industrial a una sociedad informática visión-lógica, pero de ningún modo se trata –como afirman los portavoces de la Nueva Era-, de una transformación espiritual. La especie humana ha experimentado a lo largo de su desarrollo tres grandes y profundas transformaciones a escala mundial: la agraria, la industrial y la informática. Ahora nos hallamos al comienzo de la llamada “tercera ola”. Lentamente, está surgiendo un nuevo centro de gravedad sociocultural, la sociedad visión-lógico informática, una sociedad que posee una visión del mundo existencial o aperspectivista (inferior izquierdo), asentada en una base tecnoeconómica de transferencia de información digital (inferior derecho) y un yo centáurico (superior izquierdo) que debe integrar su materia, su cuerpo y su mente –integrar la fisiosfera, la biosfera y la noosfera- para ajustar funcionalmente su conducta (superior derecho) al nuevo espacio del mundo. Pero esa transformación corresponde a un orden muy elevado que impone una nueva y terrible carga, sobre el mundo: la necesidad de trascender e incluir lo superior con lo inferior. Y la pesadilla es que, aunque dispongamos de un nuevo y superior espacio del mundo, todo ser humano debe comenzar su proceso de desarrollo partiendo de la primera casilla. Todos, sin excepción, debemos comenzar en el fulcro 1 y crecer y evolucionar a través de todos los estadios inferiores hasta llegar a alcanzar el nuevo estadio superior. De modo que, por más que, una persona nazca en una cultura visión-lógica global, su singladura deberá comenzar en el nivel fisiocéntrico e ir superando, a partir de ahí, los estadios biocéntrico, egocéntrico y sociocéntrico. Y cuanto más niveles de desarrollo tenga una determinada cultura, mayor es su probabilidad de que las cosas vayan mal pues, cuanta mayor es la profundidad de una sociedad, mayores son también las cargas impuestas sobre la educación y transformación de sus ciudadanos. La transformación del mundo implica, pues, un abismo cultural por superar.

Se dice a veces que uno de los mayores problemas de las sociedades occidentales es el abismo existente entre ricos y pobres aunque, en opinión de Wilber, el abismo más alarmante es el abismo interior, un abismo cultural, un abismo de conciencia, un abismo, en suma, de profundidad. Y en cada nueva transformación cultural, este abismo cultural, este abismo de conciencia es cada vez mayor. El abismo que existe entre la profundidad promedio que ofrece esa cultura y el número de quienes realmente pueden alcanzarla, genera una tensión interna que puede propiciar la patología cultural. ¿Existe alguna solución?

El problema real tampoco es el abismo cultural, nuestro problema real es que ni siquiera podemos pensar en el abismo cultural. Y no podemos hacerlo porque vivimos en un mundo chato, un mundo que no reconoce la existencia de grados de conciencia, de profundidades, de valores y de méritos. En este mundo, todo tiene la misma profundidad, es decir, cero. Y puesto que nuestra chata visión del mundo ni siquiera reconoce la profundidad, tampoco puede reconocer el abismo profundo, el abismo cultural, el abismo de conciencia. En consecuencia, la explotación de los países desarrollados y “civilizados” proseguirá hasta el momento en que reconozcamos este problema y busquemos las formas de comenzar a resolverlo. Mientras sigamos sosteniendo esa visión chata del mundo (3), el abismo cultural no podrá ser resuelto, porque la visión chata del mundo niega de plano la existencia de la dimensión vertical, de la transformación interior, de la trascendencia. Y si nuestra visión del mundo sigue sin permitirnos reconocer el problema, no está lejos el momento en que el abismo cultural termine provocando el colapso de nuestra cultura.

2 - LA CRISIS MEDIOAMBIENTAL

Por otro lado, la crisis medioambiental trata del mismo problema que el abismo cultural. El punto de vista global, postconvencional y mundicéntrico es el único que puede permitir el reconocimiento de las dimensiones reales de la crisis ecológica y, lo que es más importante todavía, proporcionar la visión y la fortaleza moral necesarias para tratar de modificarlas. Pero, para que esta acción sea significativa, es preciso que un número considerable de individuos alcancen el nivel de desarrollo postconvencional y mundicéntrico. En otras palabras, solo será posible solucionar la crisis ecológica salvando el abismo cultural, porque ambas son facetas del mismo problema.

Las discusiones sobre ética medioambiental suelen centrarse en lo que se conoce con el nombre de axiología, la teoría de los valores. Y, en este sentido, hay cuatro grandes escuelas de axiología medioambiental.

La primera considera que todos los holones vivos –un gusano y un mono, por ejemplo- tienen el mismo valor.

La segunda traza una línea divisoria entre las formas vivas que no poseen suficientes sentimientos, como los insectos, y los que sí, como, por ejemplo, los mamíferos.

La tercera considera que las entidades más complejas son las que más derechos poseen. En este sentido, los seres humanos son las más avanzadas y, en consecuencia, también poseen más derechos.

La cuarta escuela considera que el ser humano es el único que posee derechos, pero esos derechos incluyen el respeto y la gestión de la tierra y de todos los seres vivos.

La visión de Wilber sobre la ética medioambiental incorpora lo fundamental de las cuatro escuelas citadas, y se basa en diferentes tipos de valor:

-El valor Sustrato

Todos los holones poseen el mismo valor Sustrato, es decir, desde los átomos hasta los simios, son manifestaciones perfectas del Espíritu y, en ese sentido, ninguno de ellos es superior, inferior, mejor o peor que los demás. Así pues, en cuanto manifestación del Absoluto, todos los holones poseen el mismo valor Sustrato.

-El valor intrínseco

Pero además de ser una expresión del absoluto, todo holón es también una totalidad/parte relativa y, en este sentido, posee su propia totalidad relativa y su propia parcialidad relativa. En cuanto totalidad, todo holón tiene un valor intrínseco, el valor de su propia totalidad, de su propia profundidad. Y, en consecuencia, cuanta mayor sea la totalidad, cuanto mayor sea su profundidad, tanto mayor será también su valor intrínseco. De modo que aunque un simio y un átomo sean, en sí mismos, manifestaciones perfectas del Espíritu (aunque tengan el mismo valor Sustrato), el simio tendrá una profundidad mayor, una totalidad mayor y, en consecuencia un mayor valor intrínseco. Desde este punto de vista, cuanta mayor sea la profundidad de un holón, mayor será también su grado de conciencia.

-El valor extrínseco.

Pero un holón no solo es totalidad sino que también es una parte y, como tal, forma parte de una totalidad necesaria para la existencia de otros holones y tiene valor para otros. Así, como parte, cada holón tiene valor extrínseco, valor instrumental, valor para los demás holones. Un átomo, en este sentido, tiene mayor valor extrínseco que un simio puesto que la destrucción de los simios no afectaría significativamente al universo, pero la destrucción de los átomos acabaría con todo excepto las partículas subatómicas.

Wilber relaciona todo lo anterior con los derechos y las responsabilidades.

Como totalidad, todo holón tiene derechos que expresan su autonomía relativa (su individualidad), derechos que describen las condiciones necesarias para mantener su integridad (si una planta, por ejemplo, no recibe suficiente agua terminará disgregándose), y conservar así su profundidad. Pero además, todo holón también forma parte de alguna(s) otra(s) totalidad(es) y, en ese sentido, también es responsable de la conservación de esa totalidad. Podríamos decir que la responsabilidad es simplemente una descripción de las condiciones que requiere todo holón para formar parte de una totalidad. Y, si esas responsabilidades no son tenidas en cuenta, el holón dejará de formar parte de esa totalidad. Las responsabilidades expresan las condiciones de existencia del valor extrínseco de un holón, las condiciones necesarias para conservar su parcialidad, preservar su comunión y mantener su amplitud. Si realmente un holón quiere conservar sus relaciones, su ajuste cultural y su ajuste funcional, estará necesariamente obligado a asumir sus responsabilidades.

Así son las cosas en una holoarquía (4) anidada de complejidad y profundidad creciente. Los seres humanos son relativamente más profundos que las amebas, pongamos por caso, y en ese mismo sentido tenemos más derechos –las condiciones necesarias para conservar nuestra integridad-, pero también tenemos más responsabilidades, no solo al nivel de la sociedad humana de la que formamos parte, sino también al nivel de las comunidades que engloban a los subholones que nos componen. Nosotros existimos en redes de relaciones holónicas en la fisiosfera, en la biosfera y en la noosfera, y nuestros derechos relativamente superiores también conllevan responsabilidades relativamente mayores en todas esas dimensiones. El fracaso en asumir esas responsabilidades implica el fracaso en establecer las condiciones necesarias de existencia de los holones y subholones que nos componen, lo cual conllevaría nuestra propia destrucción. Parece, no obstante, que insistamos en reivindicar nuestros derechos sin querer asumir nuestras responsabilidades. ¡Queremos ser una totalidad sin formar parte de nada! ¡Queremos ir a la nuestra! Lo cual es una cultura del narcicismo, la cultura de la regresión y de la retribalización. Queremos disfrutar de todos los derechos egoicos sin la necesaria contrapartida de las responsabilidades. Nuestra frenética avidez de derechos no es más que un signo de la fragmentación en “totalidades” cada vez más egocéntricas que se niegan a asumir cualquier otra cosa que no sea sus propias necesidades. Una de las grandes dificultades del moderno paradigma chato del mundo –tanto en su versión ego como en su versión eco-, es que las nociones de derechos y de responsabilidades han terminado confundiéndose.

Desde ese punto de vista, el ego independiente puede hacer lo que quiera y expoliar al medio ambiente como mejor le apetezca porque todo es un instrumento a su servicio. Para la versión eco-romántica, en cambio, la única realidad esencial es la Gran Red interrelacionada, y a ella –y no al ego reflexivo- se le asigna autonomía. Y puesto que la Gran Red es la única realidad, solo ella tiene valor de totalidad, valor intrínseco, y todos los demás holones (incluidos los seres humanos) son meros instrumentos de su autopoyéticos designios, lo cual dicho sea de paso, constituye una forma de ecofascismo.

Para Wilber, es necesaria una ética medioambiental que respete los tres tipos de valores característicos de todos y cada uno de los holones: valor Sustrato, valor intrínseco y valor extrínseco, y comprender que es mucho mejor golpear a una roca que a un mono, comerse una zanahoria que una ternera y alimentarse de granos que de mamíferos. En otras palabras, la primera regla pragmática de nuestra ética medioambiental sería la de que, para satisfacer nuestras necesidades vitales, deberíamos consumir o destruir la menor profundidad posible, es decir, deberíamos tratar de hacer el menor daño posible a la conciencia, deberíamos intentar destruir el menor valor intrínseco posible. O, formulado en términos positivos, deberíamos proteger y conservar tanta profundidad como fuera posible. Pero este imperativo cubre la profundidad pero no la amplitud, la individualidad pero no la comunión, las totalidades pero no las partes. En este sentido, nosotros queremos proteger y promover la mayor profundidad para la mayor amplitud posible. No solo conservar la mayor profundidad –lo cual sería fascista y antropocéntrico-, ni solo la mayor amplitud –lo cual sería totalitario y ecofascista-, sino conservar la mayor profundidad para la mayor amplitud posible. Según Wilber, esa es la estructura actual de la intuición espiritual que denomina intuición moral básica.

En otras palabras, cuando yo intuyo claramente al Espíritu, no solo intuyo su resplandor en mí mismo, sino que también lo intuyo en el dominio de los seres que comparten el Espíritu conmigo (en forma de su propia profundidad). Y es entonces cuando deseo proteger y promover ese Espíritu, no solo en mí sino en todos los seres en los que se manifiesta. Pero además, si intuyo claramente al Espíritu, también me siento alentado a implementar ese despliegue espiritual en tantos seres como pueda, es decir, no solo en los dominios del “yo” o del “nosotros”, sino que también me siento movilizado a implementar esta realización como un estado objetivo de cosas (en los dominios del “ello”, en el mundo). El hecho que el Espíritu se manifieste realmente en los cuatro cuadrantes. (o, dicho de modo resumido, en los dominios del “yo”, del “nosotros” y del “ello”) supone también que la auténtica intuición espiritual es aprehendida con el deseo de expandir la profundidad del “yo” a la amplitud del “nosotros” y al estado objetivo de cosas del propio “ello”. En definitiva, proteger y promover la mayor profundidad a la mayor amplitud posible. Esa es, en opinión de Wilber, la intuición moral básica. de todos los holones, sean o no humanos.

3 - LA FUTURA EVOLUCIÓN DEL MUNDO

Según Wilber, la solución al abismo cultural, la integración vertical y la ética medioambiental, gira en torno al rechazo de la visión chata del mundo. Una nueva transformación postmoderna solo puede proseguir de un modo equilibrado si logramos integrar el Gran Tres. (“yo”, “nosotros” y “ello”), pues debe satisfacer los veinte principios (5), trascender e incluir, diferenciar e integrar, para poder seguir evolucionando. Ello significa la necesaria emergencia de un nuevo tipo de sociedad que integre la conciencia, la cultura y la naturaleza, y abra paso al arte, la moral, la ciencia, los valores personales, la sabiduría colectiva y el conocimiento técnico.

Desde hace unos dos mil años, los ascendentes y los descendentes (6) se hallan enzarzados en la misma batalla, una batalla en la que cada bando reclama ser la Totalidad y acusa al otro de ser el Mal, fracturando así el mundo en una pesadilla de odio y rechazo. Después de tantos años de lucha, los ascendentes y los descendentes siguen atrapados en la misma locura. La solución a esta contienda consiste en integrar y equilibrar las corrientes ascendentes y descendentes en el ser humano, de forma que la sabiduría y la compasión puedan aunar sus fuerzas en la búsqueda de un Espíritu que trascienda e incluya este mundo, que englobe este mundo y todos sus seres con su amor, una compasión, un cuidado y un respeto infinito, la más tierna de las misericordias y la más resplandeciente de las miradas.

Los ascendentes y los descendentes, al fragmentar el Kosmos (7), están alimentando la brutalidad de la contienda y no hacen más que tratar de contagiar al otro bando sus enfermedades. Pero no es en la lucha sino en la unión entre los ascendentes y los descendentes donde podremos encontrar armonía, porque solo podremos salvarnos, por así decirlo, cuando ambas facciones se reconcilien. Y tal salvación solo puede provenir de la unión entre la sabiduría y la compasión.

Tanto en Oriente como en Occidente, el camino de ascenso desde los muchos hasta el Uno es el camino de la sabiduría, porque la sabiduría ve que detrás de todas las formas y la diversidad de los fenómenos descansa el Uno, el Bien. El camino de descenso, por su parte, es el camino de la compasión , porque el Uno se manifiesta realmente como los muchos y, en consecuencia, todas las formas deben ser tratadas con el mismo respeto y compasión. Y la unión entre esas dos corrientes, entre la sabiduría y la compasión, constituye el fin y el sustrato de toda auténtica espiritualidad. Dicho de otro modo, la sabiduría es a Dios como la compasión a la Divinidad. Ésta es precisamente la visión no dual (8), la unión entre el Flujo y el Reflujo (Plotino), entre Dios y la Divinidad, entre la Vacuidad y la Forma, entre la sabiduría y la compasión, entre lo ascendente y lo descendente.

Sin embargo, a lo largo de la historia de Occidente, dicha unidad entre lo ascendente y lo descendente terminaría resquebrajándose y enfrentando, de manera frecuentemente violenta, a los ultramundanos ascendentes y los intramundanos descendentes, un conflicto que ha terminado convirtiéndose en el problema central característico de la mente occidental. Durante el milenio que va de Agustín a Copérnico aparece, en Occidente, un ideal casi exclusivamente ascendente recomendado por la Iglesia para alcanzar las virtudes y la salvación, un camino que aconsejaba no acumular ningún tipo de tesoros de esta tierra porque, según ella, en esta tierra no hay nada que merezca ser atesorado. Pero todo comenzó a cambiar radicalmente con el Renacimiento y la emergencia de la modernidad, un cambio que alcanzaría su punto culminante con la Ilustración y la Edad de la Razón y que bien podría resumirse diciendo que los ascendentes fueron reemplazados por los descendentes. Con la emergencia de la modernidad, lo ascendente se convertiría en el nuevo pecado. La moderna negación occidental de las dimensiones transpersonales produjo desprecio, rechazo y marginación de lo auténticamente espiritual y el consiguiente declive de cualquier tipo de sabiduría trascendente, un declive que ha termino convirtiéndose en el signo de nuestros tiempos.

REFERENCIAS

Wilber, Ken. Breve historia de todas las cosas. Barcelona: Kairos, 2005.

(1) La visión racional-industrial del mundo sostenida por la Ilustración cumplió con funciones muy importantes como la aparición de la democracia, la abolición de la esclavitud, el surgimiento del feminismo liberal, la emergencia de la ecología y las ciencias sistémicas, entre algunas más, pero sin duda, la más importante puesta en escena fue la diferenciación entre el arte (yo), la ciencia (ello) y la moral (nosotros), el Gran Tres diferenciado por Kant a través de sus Tres críticas .

Tras el Renacimiento surgió la Edad de la Razón o Filosofía Moderna cuyo uno de sus máximo exponente fue Kant. Con las Tres críticas de Kant (La crítica de la razón pura, La crítica de la razón práctica y La crítica del juicio), se produce una diferenciación de tres esferas: la ciencia, la moralidad y el arte. Con esta diferenciación, ya no había vuelta atrás. En el sincretismo mítico, la ciencia, la moralidad y el arte, estaban todavía globalmente fusionados. Por ejemplo: una “verdad” científica era verdadera solamente si encajaba en el dogma religioso. Con Kant, cada una de estas tres esferas se diferencia y se liberan para desarrollar su propio potencial:

-La esfera de la ciencia empírica trata con aquellos aspectos de la realidad que pueden ser investigados de forma relativamente “objetiva” y descritos en un lenguaje, es decir, verdades proposicionales y descriptivas (ello).

-La esfera práctica o razón moral, se refiere a cómo tú y yo podemos interactuar pragmáticamente e interrelacionarnos en términos que tenemos algo en común, es decir, un entendimiento mutuo (nosotros).

-La esfera del arte o juicio estético se refiere a cómo me expreso y qué es lo que expreso de mí, es decir, la profundidad del yo individual: sinceridad y expresividad (yo).

(2) La realidad está compuesta de totalidades/partes, u “holones”. Arthur Koestler acuño el término “holón” para referirse a una entidad que es, al mismo tiempo, una totalidad y una parte de otra totalidad. Y si usted observa atentamente las cosas y los procesos existentes no tardará en advertir que no son solo totalidades sino que también forman parte de alguna otra totalidad. Se trata, pues, de totalidades/partes: de holones.

Todos los holones poseen cuatro capacidades (individualidad, comunión, autotrascendencia y autodisolución); el motor de la evolución es el impulso autotrascendente y su desarrollo es holoárquico, es decir, que procede trascendiendo e incluyendo (las células, por ejemplo, trascienden e incluyen a las moléculas que, a su vez, trascienden e incluyen a los átomos, etcétera). El impulso autotrascendente del Kosmos va creando holones de una profundidad cada vez mayor y que, cuanta mayor es la profundidad del holón, mayor es también su nivel de conciencia.

Pero cuanta mayor es la profundidad mayor es también el riesgo de que aparezcan problemas. Los perros, por ejemplo, pueden padecer cáncer, cosa que no ocurre, obviamente en el caso de los átomos. No se trata pues de que el proceso evolutivo discurra de una manera apacible y tranquila sino que, en cada uno de sus pasos, se encuentra sujeto a un proceso dialéctico.

Pero los holones no solo tienen un interior y un exterior , también existen de manera individual y colectiva , lo cual significa que cada holón presenta cuatro facetas diferentes, a las que Wilber ha denominado cuatro cuadrantes (intencional, conductual, cultural y social).

(3) Wilber (2005: 177):

“Los grandes e innegables avances de las ciencias empíricas que tuvieron lugar en el periodo que va desde el Renacimiento hasta la Ilustración, nos hicieron creer que toda realidad podía ser abordada y descrita en los términos objetivos propios del lenguaje monológuico del “ello” e, inversamente, que si algo no podía ser estudiado y descrito de un modo objetivo y empírico, no era “realmente real”. Así fue como el Gran Tres terminó reducido al “Gran Uno” del materialismo científico, las exterioridades, los objetos y los sistemas científicos [denominado por Wilber como una visión chata del mundo]”.

(4) Wilber revisa las características de la evolución en los diversos reinos que son comunes en toda forma de evolución, desde la materia hasta la vida y la mente. Dicho camino evolutivo conduce a la emergencia del ser humano, ya sea mediante la visión científica moderna de la evolución pero también bajo el prisma de la filosofía perenne. La filosofía perenne constituye el núcleo de las grandes tradiciones de sabiduría del mundo entero y sostiene que la realidad es una gran Holoarquía de ser y de conciencia que va de la materia (fisiosfera) hasta la vida (biosfera), la mente (noosfera) y el Espíritu (misticismo).

(5) (Wilber, Sexo, Ecología, Espiritualidad :72-119):1- La realidad como un todo no está compuesta de cosas u de procesos, sino de holones. 2- Los holones muestran cuatro capacidades fundamentales: autopreservación, autoadaptación, autotrascendencia y autodisolución. Estas cuatros características son muy importantes y las vamos a estudiar una a una. 3- Autopreservación. Los holones se definen no por la materia de que están hechos (puede no haber materia) ni por el contexto en el que viven (aunque son inseparables de él), sino por el patrón relativamente autónomo y coherente que presenta. La totalidad del holón se muestra en la capacidad de preservar su patrón. 4- Autoadaptación. Un holón funciona no solo como una totalidad autopreservadora sino también como parte de otro todo mayor, y en su capacidad de ser una parte debe adaptarse o acomodarse a otros holones (no autopoiesis sino alopoiesis; no asimilación sino acomodación). 5- Autotrascendencia (o autotransformación). La autotrascendencia es simplemente la capacidad que tiene un sistema de llegar más allá de lo dado, e introducir en cierta medida algo novedoso; una capacidad sin la cual es seguro que la evolución no hubiera podido ni siquiera comenzar. El universo tiene la capacidad intrínseca de ir más allá de lo que fue anteriormente. 6- Autodisolución. Dado que cada holón es también un supraholón, cuando es borrado –cuando se autodisuelve en sus subholones- tiende a seguir el mismo camino descendente que éstos han seguido en el camino ascendente: las células se descomponen en moléculas, que a su vez se descomponen en átomos, y éstos en partículas que desaparecen en las probabilidades nubes transfinitas de “burbujas dentro de burbujas”. 7- Los holones emergen. Emergen nuevos holones debido a la capacidad de autotrascendencia. Primero las partículas subatómicas; después los átomos, moléculas, los polímeros; después las células, y así sucesivamente. 8- Los holones emergen holárquicamente. Es decir, jerárquicamente, como una serie ascendente de totalidades/partes. Los organismos contienen células, pero no al revés; las células contienen moléculas, pero no al revés; las moléculas contienen átomos, pero no al revés. 9- Cada holón emergente trasciende pero incluye a sus predecesores. Todas las estructuras básica y funciones son preservadas y llevadas a una identidad mayor, pero todas las estructuras de exclusividad y las funciones que existían debido, al aislamiento, a la separación, a la parcialidad, a la individualidad separada, son simplemente abandonadas y reemplazadas por una individualidad más profunda que alcanza una comunión más amplia de desarrollo. 10- Lo inferior establece las posibilidades de lo superior; lo superior estable las probabilidades de lo inferior. Aunque un nivel superior va “más allá” de lo dado en el nivel inferior, no viola las leyes o patrones del nivel inferior; no está determinado por el nivel inferior, pero tampoco puede ignorarlo. Mi cuerpo sigue las leyes de la gravedad, mi mente se rige por otras leyes, las de comunicación simbólica y la sintaxis lingüística; pero si mi cuerpo se cae por un precipicio, mi mente va con él. 11- El número de niveles que comprende una jerarquía determinada si esta es “superficial” o “profunda”; y al número de holones en su nivel dado le llamaremos su “extensión”. Esto es importante porque establece que no es solo el tamaño de una población lo que estable el orden de riqueza (u orden de emergencia cualitativa), sino más bien viene dado por su profundidad. Veremos que una de las confusiones más generalizadas de las teorías ecológicas generales o del nuevo paradigma (ya sean “pop” o “serias”) es que a menudo confunden gran extensión con gran profundidad. 12- Cada nivel sucesivo de la evolución produce MAYOR profundidad y MENOR extensión. Así, el número de moléculas de agua en el universo siempre será menor que el número de átomos de hidrógeno y de oxígeno. El número de células en el universo siempre será menor que el de moléculas, y así sucesivamente. Simplemente quiere decir que el número de totalidades siempre será menor que el número de partes, indefinidamente. Cuando mayor sea la profundidad de un holón, tanto mayor será su nivel de conciencia. El espectro de la evolución es un espectro de conciencia. Y se puede empezar a ver que las dimensiones espirituales constituyen el tejido mismo de la profundidad del Kosmos. 13- Destruye un holón de cualquier tipo y habrás destruido todos sus holones superiores y ninguno de sus inferiores. Es decir: cuando menos profundidad tiene un holón, tanto más fundamental es para el Kosmos, porque es un componente de muchos otros holones. 14- Las holoarquías coevolucionan. Significa que la “unidad” de evolución no es el holón aislado (molécula individual, planta, o animal), sino un holón más dentro del entorno inseparablemente ligado a él. Es decir, la evolución es ecológica en el sentido más amplio. 15- Lo micro está en una relación de intercambio con lo macro en todos los niveles de su profundidad. Por ejemplo, el ser humano y los tres niveles de materia, vida y mente: todos estos niveles mantienen su existencia a través de una red increíblemente rica de relaciones de intercambio con holones de la misma profundidad en su entorno. 16- La evolución tiende a seguir la dirección de mayor complejidad. El biólogo alemán Woltereck acuño el término anamorfosis – significa, literalmente, “no ser conforme”- para definir lo que vio como rasgo central y universal de la naturaleza: la emergencia de una complejidad cada vez mayor. 17- La evolución tiende a seguir la dirección de mayor diferenciación/integración. Este principio fue dado en su forma actual, por primera vez, por Herbert Spencer (en First principles, 1862): la evolución es un “cambio desde una homogeneidad incoherente e indefinida a una heterogeneidad coherente y definida, a través de continuas diferenciaciones e integraciones”. 18- La organización/estructuración va en aumento. La evolución se mueve del sistema más simple al más complejo y desde el nivel de organización menor hacia el mayor. 19- La evolución tiende a seguir la dirección de autonomía relativa creciente. Este es un concepto muy poco comprendido. Simplemente hace referencia a la capacidad de un holón para autopreservarse en medio de las fluctuaciones ambientales (autonomía relativa es otra forma de decir individualidad). Y de acuerdo con las ciencias de la complejidad, cuando más profundo es un holón, mayor es su autonomía relativa. La autonomía relativa simplemente se refiere a cierta flexibilidad ante el cambio de las condiciones ambientales. 20- La evolución tiende a seguir la dirección de un Telos creciente. El régimen, canon, código o estructura profunda de un holón actúa como un imán, un atractor, un punto omega en miniatura, para la realización de ese holón en el espacio y el tiempo. Es decir, el punto final del sistema tiene a “atraer” la realización (o desarrollo) del holón en esa dirección, ya sea un sistema físico, biológico o mental. Ha surgido toda una disciplina dentro de la teoría general de sistemas para dedicarse al estudio de las propiedades de los atractores caóticos y de los sistemas por ellos gobernados; se le conoce popularmente como la teoría del caos.

(6) La lucha entre los ascendentes y los descendentes es la batalla arquetípica que tiene lugar en el mismo corazón de la tradición occidental (Wilber, 2005: 30):

“El camino ascendente es el camino puramente trascendental y ultramundano. Se trata de un camino puritano, ascético y yóguico, un camino que suele despreciar- e incluso negar- el cuerpo, los sentidos, la sexualidad, la Tierra y la carne. Este camino busca la salvación en un reino que no es de este mundo. El camino ascendente glorifica la unidad no la multiplicidad. (…). El camino descendente, por su parte afirma exactamente lo contrario, Éste es un camino esencialmente intramundano, un camino que no glorifica la unidad sino la multiplicidad. El camino descendente enaltece la Tierra, el cuerpo, los sentidos e incluso la sexualidad, un camino que llega incluso a identificar el espíritu con el mundo sensorial. Se trata de un camino puramente inmanente que rechaza la trascendencia”.

Durante el milenio que va de Agustín a Copérnico aparece, en Occidente, un ideal casi exclusivamente ascendente recomendado por la Iglesia para alcanzar las virtudes y la salvación, un camino que aconsejaba no acumular ningún tipo de tesoros de esta tierra porque, según ella, en esta tierra no hay nada que merezca ser atesorado. Pero todo comenzó a cambiar radicalmente con el Renacimiento y la emergencia de la modernidad, un cambio que alcanzaría su punto culminante con la Ilustración y la Edad de la Razón y que bien podría resumirse diciendo que los ascendentes fueron reemplazados por los descendentes. Con la emergencia de la modernidad, lo ascendente se convertiría en el nuevo pecado. La moderna negación occidental de las dimensiones transpersonales produjo desprecio, rechazo y marginación de lo auténticamente espiritual y el consiguiente declive de cualquier tipo de sabiduría trascendente, un declive que ha termino convirtiéndose en el signo de nuestros tiempos.

Una paradoja de la historia es que Sócrates eligió la razón sobre el mito y por ello fue condenado a beber la cicuta. Mil quinientos años más tarde el mundo dio un vuelco y la polis obligó a los dioses a beber la cicuta, y de la muerte de esos dioses surgieron las modernas democracias.

(7) Wilber examina el curso del desarrollo evolutivo a través de tres dominios a los que denomina materia (o cosmos), vida (o biosfera) y mente (o noosfera), y todo ello en conjunto es referido como “Kosmos”. Wilber pone especial énfasis en diferenciar cosmos de Kosmos, pues la mayor parte de las cosmologías están contaminadas por el sesgo materialista que les lleva a presuponer que el cosmos físico es la dimensión real y que todo lo demás debe ser explicado con referencia al plano material, siendo un enfoque brutal que arroja a la totalidad del Kosmos contra el muro del reduccionismo. Wilber no quiere hacer cosmología sino Kosmología.

(8) Wilber en su obra el Espectro de la conciencia aborda de un modo epistemológico dos modos de saber: el conocimiento simbólico (dualidad sujeto-objeto) y el misticismo contemplativo (no dualidad entre sujeto-objeto), dos modos de saber diferentes pero complementarios. Según Wilber (55-56):

“Esos dos modos de conocer son universales, es decir, han sido reconocidos de una forma u otra en diversos momentos y lugares a lo largo de la historia de la humanidad, desde el taoísmo hasta William James, desde el Vedanta hasta Alfred North Whitehead y desde el Zen hasta la teología cristiana. (…) También con toda claridad en el hinduismo”.

Sin embargo, la civilización occidental es la historia del primer modo de saber que ha evolucionado hasta la extenuación de su “rígida estructura” dualista con el surgimiento de la mecánica cuántica. Esos dos modos de saber también son contemplados por los padres fundadores de la relatividad y de la física cuántica (Wilber en Cuestiones cuánticas) y, correlativamente, aluden los mundos antagónicos entre la ciencia y la religión, respectivamente, entre el saber racional y el metafísico, ambos aunados por los “místicos cuánticos” en un racionalismo espiritual adoptado como filosofía transpersonal, y convirtiéndose en un fundamento epistemológico para un nuevo paradigma de conocimiento integrador de la filosofía con la espiritualidad.



Ver más


El declive de Occidente: De las “Tres críticas

LAS “TRES CRÍTICAS" DE KANT Y LOS “CUATRO CUADRANTES” DE KEN WILBER

Este artículo está reproducido como capítulo 2 en la primera parte de la obra FILOSOFÍA TRANSPERSONAL Y EDUCACIÓN TRANSRACIONAL

“La enfermedad más grave de todos los tiempos: un ego fragmentado y disociado de la colectividad, que está herido de muerte y no puede sobrevivir sino con la contemplación de una unión con el “nosotros” kantiano” (Amador Martos, filósofo transpersonal).

Este artículo está reproducido en la segunda parte de la obra CIENCIA, FILOSOFÍA, ESPIRITUALIDAD

En Breve historia de todas las cosas (2005), Wilber aborda en una visión coherente las verdades procedentes de la física, la biología, las ciencias sociales, las ciencias sistémicas, el arte, la estética, la psicología evolutiva y el misticismo contemplativo, y también incorpora movimientos filosóficos tan opuestos como el neoplatonismo, el modernismo, el idealismo y el postmodernismo. Y todo ello es abordado mediante la noción de los cuatro cuadrantes del desarrollo, magníficamente resumido por Tony Schwartz en el prólogo de Breve historia de todas las cosas (Wilber, 2005: 9):

“El estudio de los centenares de mapas del desarrollo que han bosquejado los diversos pensadores a lo largo de los años- mapas del desarrollo biológico, del desarrollo psicológico, del desarrollo cognitivo y del desarrollo espiritual, por nombrar solo a unos pocos- llevó a Wilber al reconocimiento de que, muy a menudo, estos mapas estaban describiendo diferentes versiones de la “verdad”. Las formas exteriores del desarrollo, por ejemplo, pueden ser valoradas de manera objetiva y empírica pero, como afirma explícitamente Wilber, este tipo de verdad no lleva muy lejos. En su opinión, todo desarrollo comprehensivo también posee una dimensión interna, una dimensión subjetiva e interpretativa que está ligada a la conciencia y la introspección. Pero además, el desarrollo interno y el desarrollo externo, según Wilber, no tienen lugar aisladamente y de manera individual sino que acontecen en el seno de un contexto social y cultural. Éstos son los cuatro cuadrantes de los que hablamos. Ninguna de estas formas de la verdad puede ser reducida a las demás”.

La visión racional-industrial del mundo sostenida por la Ilustración cumplió con funciones muy importantes como la aparición de la democracia, la abolición de la esclavitud, el surgimiento del feminismo liberal, la emergencia de la ecología y las ciencias sistémicas, entre algunas más, pero sin duda, la más importante puesta en escena fue la diferenciación entre el arte (yo), la ciencia (ello) y la moral (nosotros), el Gran Tres diferenciado por Kant a través de sus Tres críticas (1).

Wilber asevera que, para trascender la “modernidad” hacia la “postmodernidad”, hay que trascender e incluir al racionalismo y la industrialización, lo cual implica abrirnos a modalidades de conciencia que trasciendan la mera razón y participar en estructuras tecnológicas y económicas que vayan más allá de la industrialización. El racionalismo y la industrialización han terminado convirtiéndose en cánceres del cuerpo político, crecimientos desmedidos de consecuencias malignas, derivando ello en jerarquías de dominio. Por tanto, cualquier transformación futura deberá trascender e incluir a la modernidad incorporando sus elementos compositivos fundamentales, pero también limitando su poder. En ese punto crucial de la evolución de las “visiones del mundo”, Wilber propone su teoría de los cuatro cuadrantes, entro los cuales se halla situado el Gran Tres diferenciado por Kant mediante sus Tres críticas: el arte (yo), la ciencia (ello) y la moral (nosotros). Dicho de otro modo, estamos hablando de las tres grandes categorías platónicas, de la Bondad (la moral, el “nosotros”), la Verdad (la verdad proposicional, la verdad objetiva propia del “ello”) y la Belleza (la dimensión estética percibida por cada “yo”).

La tarea de la modernidad fue la diferenciación del Gran Tres y la misión de la postmodernidad es la de llegar a integrarlos. El gran reto al que se enfrenta la postmodernidad es la integración , es decir, formas de integrar la mente, la cultura y la naturaleza, formas de respetar al Espíritu en los cuatro cuadrantes, formas de reconocer los cuatro rostros del Espíritu -o simplemente Gran Tres- para honrar por igual a la Bondad, la Verdad y la Belleza.

En la segunda parte de Breve historia de todas las cosas, Wilber desarrolla en profundidad su teoría de los cuatro cuadrantes hasta llegar a los estadios superiores de la evolución de la conciencia, estadios que pueden ser aludidos como espirituales desde una perspectiva no dual (2) en que, el Espíritu, deviene consciente de sí mismo, despierta de sí mismo y comienza a tomar conciencia de su auténtica naturaleza. Suele hablarse de esos estadios superiores del desarrollo como estadios místicos o “avanzados” pero, en realidad según Wilber, se trata de estadios muy concretos, muy tangible, muy reales, estadios asequibles para usted y para mí, estadios que constituyen nuestros potenciales más profundos. Y esos estadios -que en el pasado, han sido alcanzados por algunos individuos, los más extraños, los más avanzados, los más dotados, la vanguardia de su tiempo- pueden proporcionarnos pistas sobre lo que la evolución colectiva nos depara a cada uno de nosotros al día de mañana.

Según Ken Wilber (2005:139) en Breve historia de todas las cosas:

“La hermenéutica es el arte de la interpretación. La hermenéutica se originó como una forma de comprender la interpretación misma porque cuando usted interpreta un texto hay buenas y malas formas de proceder. En general, los filósofos continentales, especialmente en Alemania y en Francia, se han interesado por los aspectos interpretativos de la filosofía, mientras que los filósofos anglosajones de Gran Bretaña y Estados Unidos han soslayado la interpretación y se han dedicado fundamentalmente a los estudios pragmáticos y empírico-analíticos. ¡La vieja disputa entre el camino de la Mano Izquierda y el camino de la Mano Derecha!” ( la Mano Izquierda se refiere a “lo intencional” y a “lo cultural”, que tienen que ver con la profundidad interior a la que solo se puede acceder mediante la interpretación; y la Mano Derecha se refiere a “lo empírico” y “perceptual”). Así pues, recuerde, que la “hermenéutica” es la clave que nos permite adentrarnos en las dimensiones de la Mano Izquierda. La Mano Izquierda es profundidad y la interpretación es la única forma de acceder a las profundidades. Como diría Heidegger, la interpretación funciona en todo el camino de descenso para el cual el mero empirismo resulta casi completamente inútil”.

Según Ken Wilber (2005:141), “el conocimiento interpretativo es tan importante como el conocimiento empírico y, en cierto sentido, más importante todavía. Pero, evidentemente, es más complejo y requiere más sofisticación que las obviedades a que nos tiene acostumbrados la observación monológuica”. Para Wilber, “toda interpretación depende del contexto, que a su vez está inmerso en contextos mayores y así sucesivamente mientras nos vamos moviendo dentro de un círculo hermenéutico”. Es así, pues, que la interpretación desempeña un papel muy importante en las experiencias espirituales, probablemente el contexto más complejo a desentrañar por nuestra actual civilización. En palabras de Wilber (2005: 148):

“Dado que el Espíritu-en-acción se manifiesta en los cuatro cuadrantes, cualquier interpretación adecuada de la experiencia espiritual debería tenerlos en consideración a todos ellos. No es solo que nosotros estemos compuestos de niveles diferentes (materia, cuerpo, mente, alma, y Espíritu) sino que cada uno de esos niveles, a su vez, se manifiesta en cuatro facetas distintas (intencional, conductual, cultural y social).

Prosigue Wilber (2005:163):

“No es de extrañar, pues, que la teoría de sistemas no nos hable de principios éticos, valores intersubjetivos, actitudes morales, comprensión mutua, veracidad, sinceridad, profundidad, integridad, estética, interpretación, hermenéutica, belleza, arte o cualquier otro aspecto de este tipo”.

Para Wilber (2005:167), cada cuadrante posee un tipo diferente de verdad, una forma distinta de verificar su verdad, un criterio distinto de validez:

“Las cuatro verdades son los cuatro rostros a través de los cuales se manifiesta el Espíritu mientras que los criterios de validez son las formas en que conectamos con el Espíritu, las formas en que sintonizamos con el Kosmos”(3).

Una de las cuestiones que resultó iluminadora al estudiar el pensamiento de Wilber, fue la interpretación de Kant, como nunca antes me lo habían enseñado en la facultad de filosofía: la diferenciación del Gran Tres a partir de las Tres críticas de Kant, la diferenciación entre el arte, la moral y la ciencia, respectivamente el “yo”, el “nosotros” y el “ello”. Esta diferenciación, al decir de Wilber (2005: 176), reportó sus respectivos beneficios:

-“La diferenciación entre sí mismo (yo) y la cultura (nosotros) permitió que el individuo escapase del sometimiento a las jerarquías de dominio míticos propias de la Iglesia o del Estado y pudiendo participar, con su voto, en la aparición de la democracia”.

-“La diferenciación entre la mente (yo) y la naturaleza (ello) posibilitó la separación entre el poder biológico y el derecho noosférico, contribuyendo, de ese modo, al desarrollo de los grandes movimientos de liberación (incluidas las mujeres y los esclavos). La aparición, pues, del feminismo liberal y del abolicionismo y la difusión de los movimientos culturales”.

-“La diferenciación entre la cultura (nosotros) y la naturaleza (ello), permitió que la verdad dejara de estar sometida a las mitologías de la Iglesia y el Estado, lo cual contribuyó al surgimiento de la ciencia empírica, de la medicina, de la física y de la biología. El surgimiento de las ciencias ecológicas, etcétera”.

Sin embargo, todo no iban a ser buenas noticias. Wilber (2005: 177):

“Los grandes e innegables avances de las ciencias empíricas que tuvieron lugar en el periodo que va desde el Renacimiento hasta la Ilustración, nos hicieron creer que toda realidad podía ser abordada y descrita en los términos objetivos propios del lenguaje monológuico del “ello” e, inversamente, que si algo no podía ser estudiado y descrito de un modo objetivo y empírico, no era “realmente real”. Así fue como el Gran Tres terminó reducido al “Gran Uno” del materialismo científico, las exterioridades, los objetos y los sistemas científicos [denominado por Wilber como una visión chata del mundo]”.

De modo que, si la tarea de la modernidad fue la diferenciación del Gran Tres, la misión de la postmodernidad es la de llegar a integrarlos, ese sería su gran reto, según Wilber (2005: 183):

“En mi opinión, las corrientes más genuinas de la postmodernidad-desde Hegel hasta Heidegger, Habermas, Foucault y Taylor- están intentando recuperar el equilibro respetando por igual a la ciencia, la moral y la estética y no simplemente reducir la una a la otra en un desenfreno de violencia teórica. Eso es precisamente lo que estoy buscando, formas de integrar la mente, la cultura y la naturaleza en el mundo postmoderno, formas de respetar al Espíritu en los cuatro cuadrantes, formas de reconocer los cuatro rostros del Espíritu- o simplemente el Gran Tres- y sintonizarnos con él, de ubicarnos en él y de honrar, por igual, a la Bondad, la Verdad y la Belleza”.

Ante esta encrucijada en la historia del pensamiento, Wilber propone adentrarse en el dominio espiritual, investigar la evolución de la conciencia hasta los dominios superiores, supraconscientes o transpersonales del Gran Tres. Se trata de una evolución que tiene lugar en los dominios del “yo”, del “nosotros” y del “ello”.

Wilber trata de desvelar Los logros superiores del Espíritu-en-acción, de describir la evolución de la conciencia que conduce desde los estadios inferiores hasta los estadios más elevados, los estadios espirituales o transpersonales, cuestiones toda ellas orientadas a partir de los cuatro cuadrantes, según Wilber (2005: 439 y 441):

“El hecho de que el Espíritu se manifieste realmente en los cuatro cuadrantes (o, dicho de modo resumido, en los dominios del “yo, del “nosotros” y del “ello”) supone también que la auténtica intuición espiritual es aprehendida como el deseo de expandir la profundidad del “yo” a la amplitud del “nosotros” y al estado subjetivo de cosas propias del “ello”. En definitiva, proteger y promover la mayor profundidad a la mayor amplitud posible. (…) Esto significa, entre otras muchas cosas, la necesaria emergencia de un nuevo tipo de sociedad que integre la conciencia, la cultura y la naturaleza, y abra paso al arte, la moral, la ciencia, los valores personales, la sabiduría colectiva y el conocimiento técnico”.

Sin embargo, para tal finalidad según Wilber, deberemos emanciparnos de la visión chata del mundo, es decir, de los fervorosos defensores de un dios fragmentado, dualista y estéril, de la exaltación de la mera naturaleza empírica. En palabras de Wilber (2005:441):

-“Solo podremos establecer contacto con las resplandecientes manifestaciones del Espíritu cuando rechacemos la visión chata del mundo”.

-“Solo podremos alumbrar una auténtica ética medioambiental y una comprensión respetuosa entre todos los seres, que tenga en consideración la perfección de cada uno de ellos, cuando rechacemos la visión chata del mundo”.

-“Solo podremos salvar el abismo cultural y llegar a ser individuos libres que expresan sus posibilidades más profundas en el seno de una cultura realmente abierta cuando rechacemos la visión chata del mundo”.

-“Solo podremos liberarnos de las garras de la mononaturaleza y, de ese modo, integrar la naturaleza y respetarla de verdad en lugar de convertirla en un ídolo que paradójicamente contribuye a su propia destrucción cuando rechacemos la visión chata del mundo”.

-“Solo podremos construir nuestros objetivos comunes en un intercambio libre de comunicación alejado del egocentrismo, del etnocentrismo y del imperialismo nacionalista que nos aboca a las guerras raciales, el derramamiento de sangre y el saqueo cuando rechacemos la visión chata del mundo”.

-“Solo podremos actualizar los potenciales visión-lógicos que permiten integrar la fisiosfera, la biosfera y la noosfera en el radical despliegue de su propio goce intrínseco cuando rechacemos la visión chata del mundo”.

-“Solo será posible que la autopista de la información escape a la anarquía digital y se ponga al servicio de la auténtica relación y, de ese modo, se convierta en el heraldo de una era de convergencia y no de fragmentación cuando rechacemos la visión chata del mundo”.

-“Solo podrá emerger una auténtica federación mundial, una verdadera familia de naciones en el seno de una emergencia holoárquica que gire en torno al Alma del Mundo y se halle decididamente comprometida con la protección del espacio mundicéntrico, la voz misma del Espíritu moderna, gloriosa en su compasivo abrazo, cuando rechacemos, en fin, la visión chata del mundo”.

-“Solo -por regresar a tópicos específicamente espirituales y transpersonales- quienes se hallen interesados en la espiritualidad, podrán comenzar a integrar las corrientes ascendentes y descendentes cuando rechacemos la visión chata del mundo”.

Se cierra así el círculo, volviendo a la batalla arquetípica que tiene lugar en el mismo corazón de la tradición occidental, la lucha entre los ascendentes y los descendentes, según Wilber (2005: 30):

“El camino ascendente es el camino puramente trascendental y ultramundano. Se trata de un camino puritano, ascético y yóguico, un camino que suele despreciar- e incluso negar- el cuerpo, los sentidos, la sexualidad, la Tierra y la carne. Este camino busca la salvación en un reino que no es de este mundo. El camino ascendente glorifica la unidad no la multiplicidad. (…). El camino descendente, por su parte afirma exactamente lo contrario, Éste es un camino esencialmente intramundano, un camino que no glorifica la unidad sino la multiplicidad. El camino descendente enaltece la Tierra, el cuerpo, los sentidos e incluso la sexualidad, un camino que llega incluso a identificar el espíritu con el mundo sensorial. Se trata de un camino puramente inmanente que rechaza la trascendencia”.

En suma, estamos asistiendo en Occidente a un completo olvido de la profundidad espiritual.

En la tercera parte de Breve historia de todas las cosas, Wilber aborda en extensión los ascendentes y los descendentes como rivales antagónicos que necesitan de una integración, y nos explica la génesis histórica de este rechazo de lo espiritual, la razón histórica concreta que explica los motivos por los cuales el Occidente moderno ha llegado a negar la validez de los estadios transpersonales. La posibilidad y necesidad de una filosofía hermenéutica está meridianamente demostrada por Wilber en Breve historia de todas las cosas, a partir de la cual hemos esbozado los parámetros históricos y hermenéuticos, a saber, la diferenciación de los Tres Grandes a partir de Kant, y el colapso del Kosmos al ser reducidos al Gran Uno: el materialismo científico.

Cabe señalar que la diferenciación del “yo” (el arte), “nosotros” (moral) y “ello” (ciencia) son el punto de inflexión epistemológica que, ni la modernidad, ni la postmodernidad han logrado integrar. Wilber lo intenta con una filosofía hermenéutica adentrándose en las profundidades de la conciencia mediante una erudición sin paragón en la historia de la filosofía. Podríamos distinguir en Wilber dos filósofos en uno.

Por un lado, como un filósofo que nos describe la historia del pensamiento de la cual deberían aprender muchos profesores de filosofía, y por otro lado, como un filósofo que nos presenta una elaborada estructura hermenéutica acerca de la evolución de la conciencia quien, irremisiblemente, remite a la consideración de la espiritualidad como único camino de integración entre el “yo”, el “nosotros” y el “ello”. Ken Wilber ha sabido contextualizar como nadie el problema epistemológico de Occidente, principalmente asentado en la ausencia de espiritualidad, proponiéndonos como solución una interpretación hermenéutica de la historia de la filosofía, lo cual posibilitará a todo buscador de sabiduría sumergirse en la profundidad de la conciencia. Por decirlo de otra manera, Wilber alumbra la historia de la filosofía a una renovada comprensión de nuestro viejo mundo en el que, su mayor carencia, es haber descuidado la genuina espiritualidad de la Mano Izquierda: “lo intencional” y “lo cultural”, que tienen que ver con la profundidad interior a la que solo se puede acceder mediante una interpretación de los cuatro cuadrantes.


REFERENCIAS

Wilber, Ken. Breve historia de todas las cosas. Barcelona: Kairos, 2005.

(1) Tras el Renacimiento surgió la Edad de la Razón o Filosofía Moderna cuyo uno de sus máximo exponente fue Kant. Con las Tres críticas de Kant (La crítica de la razón pura, La crítica de la razón práctica y La crítica del juicio), se produce una diferenciación de tres esferas: la ciencia, la moralidad y el arte. Con esta diferenciación, ya no había vuelta atrás. En el sincretismo mítico, la ciencia, la moralidad y el arte, estaban todavía globalmente fusionados. Por ejemplo: una “verdad” científica era verdadera solamente si encajaba en el dogma religioso. Con Kant, cada una de estas tres esferas se diferencia y se liberan para desarrollar su propio potencial:

-La esfera de la ciencia empírica trata con aquellos aspectos de la realidad que pueden ser investigados de forma relativamente “objetiva” y descritos en un lenguaje, es decir, verdades proposicionales y descriptivas (ello).

-La esfera práctica o razón moral, se refiere a cómo tú y yo podemos interactuar pragmáticamente e interrelacionarnos en términos que tenemos algo en común, es decir, un entendimiento mutuo (nosotros).

-La esfera del arte o juicio estético se refiere a cómo me expreso y qué es lo que expreso de mí, es decir, la profundidad del yo individual: sinceridad y expresividad (yo).

(2) Wilber en su obra el Espectro de la conciencia aborda de un modo epistemológico dos modos de saber: el conocimiento simbólico (dualidad sujeto-objeto) y el misticismo contemplativo (no dualidad entre sujeto-objeto), dos modos de saber diferentes pero complementarios. Según Wilber (55-56):

“Esos dos modos de conocer son universales, es decir, han sido reconocidos de una forma u otra en diversos momentos y lugares a lo largo de la historia de la humanidad, desde el taoísmo hasta William James, desde el Vedanta hasta Alfred North Whitehead y desde el Zen hasta la teología cristiana. (…) También con toda claridad en el hinduismo”.

Sin embargo, la civilización occidental es la historia del primer modo de saber que ha evolucionado hasta la extenuación de su “rígida estructura” dualista con el surgimiento de la mecánica cuántica. Esos dos modos de saber también son contemplados por los padres fundadores de la relatividad y de la física cuántica (Wilber en Cuestiones cuánticas) y, correlativamente, aluden los mundos antagónicos entre la ciencia y la religión, respectivamente, entre el saber racional y el metafísico, ambos aunados por los “místicos cuánticos” en un racionalismo espiritual adoptado como filosofía transpersonal, y convirtiéndose en un fundamento epistemológico para un nuevo paradigma de conocimiento integrador de la filosofía con la espiritualidad.

(3) Wilber examina el curso del desarrollo evolutivo a través de tres dominios a los que denomina materia (o cosmos), vida (o biosfera) y mente (o noosfera), y todo ello en conjunto es referido como “Kosmos”. Wilber pone especial énfasis en diferenciar cosmos de Kosmos, pues la mayor parte de las cosmologías están contaminadas por el sesgo materialista que les lleva a presuponer que el cosmos físico es la dimensión real y que todo lo demás debe ser explicado con referencia al plano material, siendo un enfoque brutal que arroja a la totalidad del Kosmos contra el muro del reduccionismo. Wilber no quiere hacer cosmología sino Kosmología.
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¿QUÉ ES LA METAFÍSICA?

¿QUÉ ES LA METAFÍSICA?

Este artículo está reproducido en el capítulo 7 de la segunda parte de la obra FILOSOFÍA TRANSPERSONAL Y EDUCACIÓN TRANSRACIONAL

Este artículo está reproducido en la segunda parte de la obra CIENCIA, FILOSOFÍA, ESPIRITUALIDAD

“Cuando se especula sobre ideas por llegar o por descubrir, sean de carácter intelectual o científico, se está haciendo metafísica, se está viajando al futuro para traer al presente realidades potenciales” (Amador Martos, filósofo transpersonal).

Hay que entender el término "metafísica", según lo define la RAE en su cuarta definición, como “parte de la filosofía que trata del ser en cuanto tal, y de sus propiedades, principios y causas primeras”.

En filosofía, la metafísica estudia los aspectos de la realidad que son inaccesibles a la investigación científica. Según Kant, una afirmación es metafísica cuando afirma algo sustancial o relevante sobre un asunto (“cuando emite un juicio sintético sobre un asunto”) que por principio escapa a toda posibilidad de ser experimentado sensiblemente por el ser humano. Algunos filósofos han sostenido que el ser humano tiene una predisposición natural hacia la metafísica. Kant la calificó de “necesidad inevitable”. Arthur Schopenhauer incluso definió al ser humano como “animal metafísico”.

El problema histórico: los ascendentes y los descendentes

La razón a través de la historia del pensamiento, siempre ha indagado sobre las cuestiones metafísicas que han preocupado al ser humano desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, histórica y psicológicamente, esa genuina actitud de hacer metafísica ha sido obnubilada por el materialismo científico (1). La filosofía se escindió así en dos senderos cognitivos: la epistemología de lo conmensurable y la hermenéutica de lo inconmensurable, es decir, una divergencia entre ciencia y espiritualidad, y esta última en mano de las religiones.

Según Wilber (2005a) en Breve historia de todas las cosas, las grandes tradiciones espirituales del mundo caen bajo dos campos muy amplios y diferentes, dos tipos diferentes de espiritualidad que denomina la espiritualidad ascendente y espiritualidad descendente. Existe dos grandes direcciones posibles: ascender desde la materia hasta el Espíritu o descender desde el Espíritu hasta la materia. La primera es una dirección trascendente o ultramundana, mientras que la segunda es inmanente o intramundana. Uno de los mitos al uso de la tradición occidental es Platón y, aunque la mayor parte de la gente cree que es un filósofo ascendente, en realidad, es un filósofo que reconoce los dos tipos de movimientos, el ascendente (el Bien que nosotros aspiramos a comprender) y el descendente (una manifestación del Bien). Sin embargo, a lo largo de la historia, estas dos facetas se vieron brutalmente separadas y tuvo lugar una violenta ruptura entre los partidarios de lo meramente ascendente y los defensores de lo meramente descendente, pues se consumó la escisión entre ambas.

Irremediablemente, hay una contienda ideológica que puede remover los cimientos de nuestra civilización, pues se hallan en disputa dos pesos pesados de la historia: la ciencia y la religión (espiritualidad), el saber empírico y el saber revelado, la razón y el espíritu. Desde el surgimiento de la física cuántica, esa divergencia cognitiva se presenta como dos modos de saber (2): el conocimiento simbólico (dualidad sujeto-objeto) y el misticismo contemplativo (no dualidad entre sujeto-objeto).

Los cuatro cuadrantes y las intuiciones transpersonales

Wilber, mediante su teoría de los “cuatro cuadrantes”, reivindica el camino hermenéutico de la conciencia. Según Ken Wilber en Breve historia de todas las cosas (p.141): “el conocimiento interpretativo es tan importante como el conocimiento empírico y, en cierto sentido, más importante todavía. Pero, evidentemente, es más complejo y requiere más sofisticación que las obviedades a que nos tiene acostumbrados la observación monológuica”. Para Wilber (p.142): “toda interpretación depende del contexto, que a su vez está inmerso en contextos mayores y así sucesivamente mientras nos vamos moviendo dentro de un círculo hermenéutico". Es así, pues, que la interpretación desempeña un papel muy importante en las experiencias espirituales, probablemente el contexto más complejo a desentrañar por nuestra actual civilización.

Según Wilber (p.401-403), ninguno de los idealistas comprendió realmente los "cuatro cuadrantes", principalmente, por dos motivos. El primero de esos motivos fue el fracaso en desarrollar una práctica auténticamente contemplativa, un verdadero paradigma, un modelo reproducible, una práctica realmente espiritual. Dicho en otras palabras, carecían de un yoga, de una disciplina meditativa, de una metodología experimental que les permitiera reproducir en la conciencia las intuiciones transpersonales. De ese modo, el idealismo tendió a degenerar en metafísica monológuica sin proporcionar la tecnología interior necesaria para transformar el cartógrafo. Así, pues, el primer error del idealismo fue el de no haber desarrollado una especie de yoga, una práctica transpersonal que le permitiera reproducir sus intuiciones; carecían de un camino para reproducir la conciencia transpersonal en el seno de una comunidad de practicantes, carecían de un sistema que les permitiera desplegar un yo más profundo (“yo” o Buda) en el seno de una comunidad más profunda (“nosotros” o Sangha), que expresara una verdad más profunda (“ello” o Dharma).

El segundo motivo del fracaso del idealismo, es que las intuiciones profundas de los dominios transpersonales, y sus comprensiones, se expresaron casi siempre en términos de visión-lógicos, imponiendo de ese modo a la razón un objetivo que jamás podía alcanzar. Hegel, en particular, identificó al Espíritu transpersonal y transracional con el estadio visión-lógico, con la razón madura, condenando, de ese modo, a la razón a desplomarse bajo un peso que no pudo llegar a soportar. “Lo real es racional y lo racional es real”, decía Hegel, y por “racional” quería decir visión-lógico. Pero esto nunca puede funcionar porque la estructura visión-lógica no es más que la forma que asume el Espíritu en el estadio del centauro. Y a pesar de que Hegel sabía de la pobreza de las palabras, decidió, no obstante, que la razón podía y debía desarrollar el lenguaje de los ángeles. Y esto no hubiera sido un error en el caso de que Hegel se hubiera ocupado de diseñar prácticas para el desarrollo evolutivo de los estadios transpersonales superiores. Pero los idealistas no disponían de una metodología de meditación que les permitiera asentar sus intuiciones en criterios experimentales, públicos, reproducibles y falsables, por lo cual terminaron siendo despreciadas como “mera metafísica”, perdiendo así Occidente la oportunidad más preciosa que ha tenido de albergar el futuro descenso del Alma del Mundo.

El camino ascendente hacia la sabiduría

Concluyendo, es en nuestro interior mediante el camino ascendente hacia la sabiduría, donde debemos hallar las respuestas, donde se nos está permitido contemplar el Rostro de lo Divino según Wilber, algo que los modernos investigadores desdeñan como “mera metafísica” porque no puede ser demostrado. Una cuestión que Wilber en Breve historia de todas las cosas (p.292) rebate con la siguiente argumentación:

"Pero el hecho es que, para ello [contemplar el Rostro de lo Divino mediante los arquetipos], usted debería llevar a cabo el experimento y descubrir los datos por sí mismo y luego tendría que interpretarlos. Si no lleva a cabo el experimento –la meditación, el modelo, el paradigma- carecerá de los datos necesarios para llevar a cabo la interpretación. Si usted trata de explicarle a alguien que se halle en la visión mágica o mítica del mundo que la suma de los cuadrados de los catetos de un triangulo rectángulo es igual al cuadrado de la hipotenusa, no llegará muy lejos, porque se trata de un algo ajeno al mundo empírico y que carece, en consecuencia, de localización simple. Y no por ello, sin embargo, su afirmación dejará de ser completamente cierta. Usted está realizando un experimento matemático en el interior de su conciencia, una experiencia cuyos resultados pueden ser verificados por quienes lleven a cabo el mismo experimento. Se trata de algo público, reproducible y falseable, de un conocimiento comunal cuyos resultados existen en el espacio racional del mundo y pueden ser fácilmente corroborados por todos aquellos que realicen el experimento. Y esto mismo es aplicable para cualquier otro tipo de experiencia interior de la conciencia, de los cuales la meditación es uno de los más antiguos, estudiados y reproducidos. Mantener, pues, una actitud escéptica es sumamente saludable, pero yo le invito a llevar a cabo ese experimento interior conmigo, a descubrir los datos por sí mismo, y luego le ayudaré a interpretarlos. Pero, en el caso de que no quiera llevar a cabo el experimento, no deberá reírse de quienes sí lo hacen."

Filosofía transpersonal y educación transracional

Para finalizar, en mi opinión, el gran mérito de Wilber es haber puesto en el contexto histórico la reivindicación de la filosofía transpersonal, una cuestión que intento demostrar en sendos artículos:

-La evolución de la conciencia desde un análisis político, social y filosófico transpersonal (artículo epistemológico).

-El mándala epistemológico y los nuevos paradigmas de la humanidad (artículo hermenéutico).

La justificación epistemológica de la metafísica aquí argumentada puede consultarse en mi obra La educación cuántica (gratis en pdf) y, consecuentemente, permite también la argumentación de una antropología revisionista de nuestra cultura y de la necesidad de una ética epistémica como intuición moral básica, para enseñar bien ello mediante una filosofía transpersonal y una educación transracional.

La sanación trascendental del ser humano

En definitiva, la metafísica no es más que ese Mundo de las ideas dividido entre las sombras y la Luz. Los esclavos del sistema llaman "metafísicos" a los que han sufrido un despertar de la conciencia. Y digo "sufrido" porque el sufrimiento es también causa de iluminación metafísica para discernir el mundo de las sombras de la Luz, un proceso psicológico de trascendencia desde la conciencia personal (razón-egoica) a la conciencia transpersonal (compasiva). Sin embargo, son los genios y sabios, muchos de ellos científicos y filósofos, quienes abanderan las ideas metafísicas que hacen progresar a la cultura humana, ahora en claro declive. ¿Qué lugar ocupa hoy la metafísica en nuestra cultura? He ahí quizá el escollo más difícil por transcender, pues la humanidad se halla ante nuevos paradigmas invisibles aún para la mayoría de mis coetáneos.

Consecuentemente, la iluminación metafísica no está al alcance de todos pues, como argumenta Platón en el Mito de la Caverna, la mayoría se halla todavía en el mundo de las sombras, y será bien difícil alumbrarles con la llama del conocimiento metafísico, al contrario, podrián lincharme por intentar argumentar una metafísica que apunta hacia la experiencia mística. Sin embargo, hay que insistir en que la sanación trascendental del ser humano está en su interior, de ahí el sabio aforismo griego "conócete a ti mismo", un conocimiento introspectivo para conectar con el Espíritu que vive en nosotros y que puede vislumbrarse mediante la conciencia de unidad.


REFERENCIAS:

(1) Por definición,la metafísica es un conocimiento de algo que está más allá de las ciencias naturales. Es por eso que el biológo Bruce Lipton habla de "La biología de la creencia" (libro), y el también biólogo Rupert Sheldrake defiende su teoría de los "campos mórficos" en sus diversas obras. Por otro lado, la neurociencia confirma que el subconsciente toma las decisiones antes de que seamos conscientes de ello desde 0,5 hasta en 6 segundos. Y en física cuántica también se habla del "entrelazamiento cuántico", lo cual implica la "no-localidad", en contra del determinismo causa-efecto tan querido por Einstein.

Lo que indican las anteriores investigaciones desde la biología, las neurociencias y la física cuántica, es que los materialistas científicos han agotado su metodología empírica basada en el "ver para creer" y, como apuntan los citadas ciencias, hay un cambio de paradigma hacia el "creer para ver", es decir hacia la metafísica.

Consecuentemente, las ciencias naturales pueden dar explicaciones sobre los fenómenos naturales, pero son incapaces de dar una explicación de los fenómenos psíquicos de la subjetividad, la conciencia y la espiritualidad, no es de extrañar que cada vez más personas se aproximen a temas metafísicos como la meditación, las experiencias cercanas a la muerte, las ciencias noéticas, el movimiento transpersonal y la reencarnación, temas todos ellos inaccesibles desde la razón cartesiana, dualista hasta la médula. Dichos conceptos caen, obviamente, en el campo de la metafísica, es decir, más allá de los sentidos físicos.

La metafísica es, por tanto, el reto que tiene la humanidad por delante, para hallar un conocimiento más allá de las ciencias naturales.

(2) Wilber (2005b) en su obra El espectro de la conciencia , aborda de un modo epistemológico dos modos de saber: el conocimiento simbólico (dualidad sujeto-objeto) y el misticismo contemplativo (no dualidad entre sujeto-objeto), dos modos de saber diferentes pero complementarios. Según Wilber: “Esos dos modos de conocer son universales, es decir, han sido reconocidos de una forma u otra en diversos momentos y lugares a lo largo de la historia de la humanidad, desde el taoísmo hasta William James, desde el Vedanta hasta Alfred North Whitehead y desde el Zen hasta la teología cristiana. (…) También con toda claridad en el hinduismo”.

Sin embargo, la civilización occidental es la historia del primer modo de saber que ha evolucionado hasta la extenuación de su “rígida estructura” dualista con el surgimiento de la mecánica cuántica. Esos dos modos de saber también son contemplados por los padres fundadores de la relatividad y de la física cuántica -véase Wilber (2013) en Cuestiones cuánticas- y, correlativamente, aluden los mundos antagónicos entre la ciencia y la religión, respectivamente, entre el saber racional y el metafísico, ambos aunados por los “místicos cuánticos” en un racionalismo espiritual adoptado como filosofía transpersonal, y convirtiéndose en un fundamento epistemológico para un nuevo paradigma de conocimiento integrador de la filosofía con la espiritualidad.

BIBLIOGRAFÍA:

Wilber, Ken. Breve historia de todas las cosas. Barcelona: Kairós, 2005a.

Wilber, Ken. El espectro de la conciencia. Barcelona: Kairós, 2005b.

Wilber, Ken. Cuestiones cuánticas. Barcelona: Kairós, 2013.
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El espíritu de la nueva era

EL ESPÍRITU DE LA NUEVA ERA

Ante un mundo salpicado de terrorismo bajo ataques de bandera falsa para instaurar dictaduras supranacionales hacia un Nuevo Orden Mundial.

Ante un mundo dominado por políticos corruptos serviles a las oligarquías financieras.

Ante un mundo cuyas estructuras institucionales (OTAN, ONU, FMI, OMS, UNIÓN EUROPEA, etc.) se hallan secuestradas por los poderes fácticos.

Ante un mundo donde las religiones han convertidos sus dogmas en un dominio terrenal y sus fanatismos en pretextos para enfrentar civilizaciones y culturas.

Ante un mundo donde las personas han perdido toda capacidad de revolución por satisfacer su propio egoísmo allende del bien común de la colectividad.

Ante un mundo donde la educación, la sanidad y la justicia son instrumentalizadas ideológicamente para perpetuar una sociedad ignorante.

Ante un mundo donde la gente ya es incapaz de pensar por sí mismo porque nos quitan la filosofía de los colegios.

Ante un mundo donde los científicos son siervos de las multinacionales e incapaces de anteponer el conocimiento al servicio del pueblo.

Ante un mundo donde las guerras son un negocio rentable a costa de vidas humanas.

Ante un mundo donde la pobreza siempre le toca a los demás, hasta que llama a nuestras puertas…

Ante un mundo que ha perdido el rumbo de la cultura humana.

En fin, ante un mundo en plena decadencia civilizatoria, solo queda apelar a un renovado espíritu para una nueva era. Nada nuevo en el horizonte: Kant entrevió esa posibilidad con su “imperativo categórico”, pero se ha impuesto la “sociedad líquida” en la postmodernidad. Dicho en palabras llanas para el populacho: es la falta de compasión quien está llevando esta civilización al ostracismo de la historia.

Iluminados como John F. Kennedy, John Lennon y Martin Luther King, entre otros muchos como Jesús Cristo, fueron asesinados, siempre molestos para los poderosos.

Pero este mundo ya no aguanta tanta ignominia. El espíritu de una nueva era está despertando poco a poco en los corazones y en las mentes de los pueblos y las personas. Todos ellos ya han dejado de creer en políticos, poderes económicos como si del Santo Grial se tratara. Ya nadie aguanta tanto dolor a la Madre Tierra y a nuestros semejantes en nombre del Dios dinero y sus profetas los medios de comunicación como herramienta de ingeniería social y mental.

La explotación de la biosfera está destruyendo a la noosfera, un contrasentido holístico que hipoteca el futuro de las nuevas generaciones. El dolor es tan profundo y tan extendido como un cáncer con una metástasis galopante. Pero la herida más dolorosa es la de un ego disociado de la colectividad.

Tanto dolor, tanta manipulación, tanta ignorancia inducida y tantas guerras en nombre del ego plutocrático están incubando una revolución espiritual de proporciones insospechadas. Se está gestando el espíritu de una nueva era, imperceptible todavía para muchos que viven bajo el yugo del ego, pero perceptible para todos aquellos que ya viven en una dimensión espiritual próxima a revolucionar a esta civilización.

Todo cambio de paradigma requiere su tiempo para desbancar el pensamiento dominante. Es indudable que una revolución espiritual está en ciernes en esta civilización, la misma que intentan ahogar los imperialistas occidentales en nombre del Dios dinero. El paradigma materialista del capitalismo está desmoronando todo un sistema de creencias asentadas en la manipulación a los pueblos y que nos dura desde la Segunda Guerra Mundial.

Un nuevo despertar se está fraguando y se cimentará sobre el dolor, el sufrimiento y el nihilismo que afectan ya a tres generaciones: padres, hijos y nietos. El camino es ya irreversible, el espíritu de la nueva era se está fraguando en las conciencias de las personas de buena voluntad que han decidido trascender su egoísmo hacia la compasión. Una perenne lección que ya Platón nos anticipó con su alegoría del Mito de la Caverna, y que ahora cada cual debe hacer suya para contribuir a la salida espiritual de la humanidad. Como ya dijera Sócrates: “Aquel que quiera cambiar el mundo debe empezar por cambiarse a sí mismo”.
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Libro: La educación cuántica

PROCLAMACIÓN DE LOS TRES PREMIADOS EN EL CONCURSO DE FILOSOFÍA “LA EDUCACIÓN CUÁNTICA"

1º Premio - Manuscrito número 9: “Con este mapa que se abre ante los ojos”
Autor: Julio Rafael Silva Sánchez


Razonamiento sobre la calidad y el contenido del manuscrito:

No es solo que el manuscrito denota una comprensión intelectual de la obra sino que ha sabido argumentar su propuesta de cambio estructural; no tanto con un análisis comprehensivo de la génesis epistemológica defendida en la obra, que también, sino con una magnífica prosa al ilustrar, penetrar y hacer evidente los sueños de este autor inmersos en una intrínseca hermenéutica. Pero, además, da un paso más allá al desvelar los rasgos psicológicos a través de la escritura de este autor, según sus propias palabras: el ingenuo entusiasmo de un niño, la actitud contemplativa, la huella de la reflexión, la perspicacia psicológica, el deambular peregrino por la vida, el poder deslumbrante de las metáforas, la complementariedad entre la razón y la pasión, una rebeldía actuante que expresa su insatisfacción ante la realidad y en busca de la trascendencia más allá del nihilismo postmoderno, en definitiva, una conciencia utópica en busca de un nuevo horizonte.

Debo confesar que, la lectura de este manuscrito, me ha ahorrado la consulta a un psicoanalista pues, en cada párrafo, en cada frase, casi en cada palabra, he revivido mi pasado, mis inquietudes y mis anhelos, imbricado todo ello en el difícil oficio de escribir sobre la trascendencia y el sentido de la vida, como si nadie fuese capaz de conectar con un pensamiento crítico próximo a la locura. Afortunadamente, Julio Rafael, no se ha limitado a resumir simplemente la obra (aderezada con sugestivas citas), ni verter únicamente sus impresiones personales (tal como era requisito en la bases de este concurso) sino que, en un alarde de profundidad intelectual, ha conectado mediante un proverbial lenguaje con la sombras psicológicas de este escritor, ahora reveladas como una expresión poética más allá de la angustia vital y que expresa mi peculiar cosmovisión del hombre y de su lugar en el cosmos. Gracias Julio Rafael.

2º Premio-Manuscrito número 6: “Resumen y aportes a La educación cuántica”
Autora: Gemma Rodríguez Muñoz


Razonamiento sobre la calidad y el contenido del manuscrito:

Demostrar la comprensión de una obra (como era requisito en las bases del concurso) puede hacerse mediante un resumen literal pero, comprender su esencia y finalidad última, es algo más difícil. Pero Gemma lo ha logrado al enhebrar los pensamientos de este autor fundiéndolos con una excelente reflexión sobre la educación que, inherentemente, conduce a la filosofía transpersonal para revertir, nuevamente, en la educación mediante una conciencia mística: ser uno con el universo.

El manuscrito denota una clarividente estructura argumental, primero, para hacer evidente que toda actividad docente debe tener como vocación la mejora del espíritu humano y la creación de una conciencia global mejorada, siendo para ello necesario introducir la función filosófica; segundo, adentrarse en los paradigmas psicológicos dominantes para reivindicar dicho papel de la filosofía en la construcción de una renovada pedagogía mediante una alianza trascendental con el amor que permita así superar el egoísmo colectivo; y en tercer lugar, proponer esa misma filosofía como mediadora entre la ciencia y la espiritualidad para educar a las conciencias de los educandos en libertad y superar así el esquema educativo post-industrial mediante la integración de las tres esferas kantianas. He aquí un magnífico resumen con una finalidad pedagógica que yo mismo hubiera firmado para mi obra.

Pero, la anterior exposición de motivos, no serían posibles sin la doble condición que convergen en Gemma: su vocación como educadora y, además, como estudiosa del pensamiento filosófico contemporáneo. Por ello, no solo debo felicitarla, sino expresarle mi agradecimiento por hacer de su manuscrito el capítulo que desearía haber escrito como corolario a La educación cuántica. Gracias Gemma.


3º Premio- Manuscrito número 3: “Resumen, aportes y crítica a La educación cuántica”
Autor: Alberto Eugenio Londero


Razonamiento sobre la calidad y el contenido del manuscrito:

Ateniéndose a la base del concurso que dice que “el manuscrito evidencie una comprensión de la obra mediante un resumen”, Alberto Eugenio ha hecho gala de un pulcro academicismo, delineando un compendio de ideas en el que este autor se reconoce. Pero, superado este primer trámite formal, también hay que reconocerle su sagacidad intelectual al evidenciar certeramente sus críticas a la obra.

Pero, a mi entender, donde más se supera es en sus aportes personales al adentrarse y explicitar el papel que puede jugar la obra en el ámbito de la educación. Así, mediante los descubrimientos de la física cuántica, establece un paralelismo pedagógico a través de la inteligencia emocional, las inteligencias múltiples y la teoría del caos, introduciendo ello en el ámbito escolar como posibilidad de generar orden y disciplina, desvelando que “el arte de ver u observar es el arte de transformar”; ideas que, en el ámbito de la educación, conlleva posibilidades de incontables realidades, a sabiendas que detrás del aparente caos se halla contenido un orden implicado (un concepto desarrollado por David Bohm, en el que subyace una profunda implicación metafísica apta solo para aquellos que “sepan” entender), en su propias palabras, “como si todo los personajes (en referencia a los alumnos) estuvieran conectados participando de un mismo proceso educativo de aprendizaje compartido”.

Es así como Alberto Eugenio nos adentra en una nueva visión cosmológica que requiere de una nueva civilización y cultura a pesar de que predomina la confusión en la mente de los estudiosos, filósofos y pedagogos modernos al convivir actualmente dos modelos, a saber, el cartesiano-newtoniano y el cuántico. Y, según Alberto Eugenio, se requiere de una capacidad para reinterpretar los valores antiguos en el ámbito religioso, político, social, filosófico y científico, para conferir una re-significación moderna de los mismos. Y, en ese método novedoso y atractivo derivado de la física cuántica, el alumno puede llegar a ser protagonista y promotor de su desarrollo hacia la libertad, hacia su autonomía. Un excelente alegato final en pos de la pedagogía del futuro. Gracias Alberto Eugenio.


Menciones especiales:

Si bien solamente puede haber los tres premiados anteriores, he de confesar que en la deliberación final han estado presentes dos obras más:

-El manuscrito número 17 de Roberto Pizarro Contreras: Roberto hace gala de un gran conocimiento de los vericuetos de la física cuántica, y debo reconocerle su mérito en las críticas y aportaciones realizadas a la obra, de las cuales tomo debida nota. Pero además, realiza certeras y sugerentes críticas a la estructura y la adjetivación de la obra. Pero sin lugar a dudas, en una erudición sin par, se adentra en el análisis y desarrollo de la dinámica espiral en un ejercicio especulativo (en sentido positivo) que le honra al conectarla con la trisección kantiana. Es, quizá, el manuscrito que más ha incidido en realzar la revisión hermeneuta de la historia del pensamiento. Es un manuscrito para ser leído y releído por la riqueza de sus aportaciones. Gracias Roberto.

-El manuscrito número 12 de Joaquín García Sánchez: Joaquín valoriza el ensayo en general y la obra de este autor en particular en el abordaje de la aparente complejidad al aunar la cuántica con la espiritualidad más mística. Realiza un excelente ejercicio intelectual entre ciencia y misticismo, concluyendo que “nadie nunca puede estar seguro de saber algo con certeza”, de ahí el título de su manuscrito “La innegable certeza de lo incierto”. Se adentra en las concepciones de la “verdad” y la “realidad” aseverando que ello depende de la capacidad interpretativa de cada sujeto. Superado ese primer escollo interpretativo, postula la necesidad de entender la dimensión cuántica como susceptible de mejoras en todos los campos del conocimiento, incluida la educación ya que, según él, la perspectiva cuántica alienta la expectativa liberadora de que nada está predeterminado sino que la verdad de todo responde únicamente a la certeza de su incertidumbre. Reflexiones todas ellas a tener a cuenta, al menos, para evitar la tentación de realizar afirmaciones dogmáticas de uno u otro signo. Gracias Joaquín.

Deseo agradecer a todos los autores de los manuscritos presentados por su participación en este Concurso de Filosofía La educación cuántica.
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Ken Wilber y los nuevos paradigmas de la humanidad

KEN WILBER Y LOS NUEVOS PARADIGMAS DE LA HUMANIDAD

Presentación del libro KEN WILBER Y LOS NUEVOS PARADIGMAS DE LA HUMANIDAD en el II Congreso Internacional de la Red Española de Filosofía: LAS FRONTERAS DE LA HUMANIDAD

El filósofo Amador Martos aborda en su obra más sincrética los problemas más importantes del pensamiento humano: ¿quién soy?, ¿qué es la realidad?, ¿qué es la naturaleza?, ¿existe la divinidad?, ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer? y ¿hacia dónde vamos? Problemas todos ellos cuyas respuestas, según el autor, pueden hallarse en la profundidad de la conciencia.

El problema histórico. Toda la historia de la filosofía occidental está transitada por la inquietud de encontrar la solución al problema del conocimiento e intentar dar una explicación coherente de la conciencia, y se ha caracterizado por la constante universal de abordar el problema del hombre desde el dualismo: materia y espíritu, cuerpo y alma, cerebro y mente. En la modernidad, Kant mediante sus Tres Críticas, produjo la diferenciación de las tres grandes categorías platónicas: la Bondad (la moral, el “nosotros”), la Verdad (la verdad objetiva propia del “ello”) y la Belleza (la dimensión estética percibida por cada “yo”). La mala noticia, por lo contrario, es que la postmodernidad no ha logrado la integración respectivamente de la cultura, la naturaleza y la conciencia.

El problema social y epistemológico. La conciencia histórica individual (yo) surgida del primer renacimiento humanístico de los siglos XV y XVI, ha devenido en este siglo XXI en un depredador neoliberalismo. Esta última metamorfósis del capitalismo, siguiendo las tesis de Marx, está socavando su propio final pues está acabando con el valor del trabajo humano y con los recursos naturales generando, consecuentemente, una profunda crisis humanitaria y ecológica. Así, la historia del pensamiento, devenida dogmáticamente en una filosofía materialista y en un reduccionismo psicológico, aboca a una crisis epistemológica entre ciencia y espiritualidad desde que la física cuántica irrumpió en el tablero cognitivo.

El problema hermenéutico. Las diferentes interpretaciones de la mecánica cuántica que aúnan la ciencia y la espiritualidad mediante la recuperación de la filosofía perenne, introducen la primera fisura en la “rígida estructura” del dualismo científico entre sujeto y objeto que ha impregnado a la civilización occidental. La imperiosa integración que los postmodernos llevan buscando sin éxito, es abordada por Ken Wilber mediante una filosofía transpersonal, una interpretación hermenéutica de la historia, la ciencia y la espiritualidad.

Integración y evolución paradigmática. Sobre la erudición filosófica de Ken Wilber, Amador Martos propugna una renovada pedagogía histórica (pasado), cognitiva (presente) y educativa (futuro) que invoca hacia un segundo renacimiento humanístico: la integración del “yo” y el “nosotros” con la salvaguarda de la naturaleza -“ello”-; una integración que permitiría sanar y trascender la racionalidad hacia la “postracionalidad” o “visión-lógica” según Wilber, y para tal fin, argumenta la evolución paradigmática de la filosofía, la psicología, la sociología, la ciencia, la educación y la espiritualidad.

Filosofía hermenéutica. El autor postula una integración entre la epistemología y la hermenéutica permitiendo, respectivamente, justificar lo conmensurable y entender lo inconmensurable como dos modos de saber que posibilitan vislumbrar una conexión de la filosofía con la espiritualidad, proponiendo así una filosofía hermenéutica para seres espirituales como condición para trascender el actual abismo cultural de la humanidad.
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